Los perros de Acteón

Acteón descansaba plácidamente sobre la hierba. Arduo había sido el día. Ardua la cacería. Pero ahora la brisa suave, que acariciaba las hojas de los árboles y convertía la hierba en un calmo océano, era para él un bálsamo reconfortante tras la larga jornada. Sus perros jugueteaban cerca de él. Retozaban en los pastos sin alejarse demasiado de su amo, de su dios. De repente veían unos insectos que pasaban y los perseguían. Salían a la carrera, velozmente, y luego regresaban como vencedores, meneando su cola y pavoneándose por sus habilidades tan afiladas. Generaban un extraño espectáculo esas fieras que se comportaban como inocentes criaturas.
Ya era media tarde, el sol pronto caería por debajo del horizonte. Acteón pensaba que estaba terminando una jornada agotadora pero perfecta.
Cerca del lugar en el que Acteón y sus sabuesos descansaban, estaba el bosque lleno de bestias. Esas bestias magníficas, casi imposibles de atrapar, eran el objeto de las ilusiones de todo cazador. La fama eterna estaría destinada a quien pudiese alzarse con el anhelado trofeo. Acteón soñaba con ser el cazador de la hazaña. Algunos afirmaban que por el bosque rondaba la cierva sagrada, la de la cornamenta dorada dedicada a la diosa Ártemis.
Acteón reposaba sobre la hierba y pensaba en sus sueños de fama y de grandeza. Pero el sol, que apresuraba cada vez más su paso hacia occidente, lo devolvió a la realidad de hierro. Se puso de pie y decidió adentrarse en el bosque. Sus perros, siempre amables y cariñosos con su amo, lo acompañaron.
Se adentró en el bosque, fatigado y al mismo tiempo expectante. Una vez en medio de la espesura del bosque oyó el sonido del agua y decidió refrescarse y dejar que también se refrescaran sus animales. Advirtió entonces que estaba sediento y que seguramente también lo estaban sus perros. No lo había percibido antes por culpa de sus ensoñaciones. A medida que avanzaba hacia el sonido el agua, un claro se abría en medio de la espesura y en su centro había un manantial.
Pero antes de llegar a él, Acteón se detuvo repentinamente. También se detuvieron sus lebreles. Oyó el sonido alegre de las risas, casi perplejo. Entonces se acercó con mayor lentitud y tratando de no hacer ruido. Apartó unas hojas enormes con su mano derecha y miró con cuidado. Vio, en el manantial, a un grupo de doncellas desnudas que jugueteaban con el agua, ajenas a toda preocupación y dolor. Entre ellas había una que se destacaba por su belleza. Su piel blanca y transparente, su cuerpo desnudo y suave, brillaba ante los ojos de Acteón. Él, maravillado, la contempló, sin que el tiempo lo estorbara. Sumido en tal contemplación, se olvidó de sus perros. Éstos, que lo buscaban todavía sedientos, ladraron. Las doncellas del manantial, entonces, se estremecieron e intentaron cubrir su bella desnudez.
La que Acteón había admirado por su belleza angelical se mostró en su esplendor de diosa. Corrió hacia sus ropas y Acteón vio que llevaba arco y flechas. Todavía prendado por su hermosura, Acteón salió de su escondite e intentó acercarse a ella. Supo, en ese instante, que había contemplado a una diosa desnuda, y que estaba escrito que ningún mortal habría de sobrevivir a una falta de tal magnitud.
Fue un solo instante recordar cómo Ártemis había matado a muchos por su cólera; y fue un instante que se colmara de miedo; y fue un instante que Ártemis lo mirara en silencio pero llena de cólera; y fue un instante que mirara a los perros que todavía buscaban a su amo; y fue un instante que esos animales, poseídos por la diosa, se abalanzaran sobre su amo sin reconocerlo.
En ese instante fugaz, Acteón supo que su fin era inevitable. Sintió las pezuñas que ocupaban el lugar de sus pies, y sintió la cornamenta en su frente, y sintió su pelaje liso. Entendió que la diosa lo había convertido en un ciervo y sintió las atroces dentelladas de sus perros. El más diestro de sus animales lo fulminó con una feroz mordedura que le desgarró completamente el cuello.
La diosa y las doncellas se alejaron. Entonces los perros, liberados de la maldición, buscaron otra vez a su amo, llenos de contento por la presa que habían logrado. Los animales, colmados de estupor, percibían el olor de su amo por todas partes, allí mismo donde habían matado al ciervo. Y aunque lo percibían no lo hallaban. En el bosque no hubo ya otro sonido que el de los gemidos lastimeros de los sabuesos que buscaban vanamente a su dueño y a su dios.


Publicado en Treinta monedas de plata, Ediciones Al Margen, 2013.

Diana y Acteón (Diana sorprendida en su baño) Camille Corot (1796–1875 Paris)