Una nueva barbarie (fragmento)

(Un tramo del ensayo del mismo nombre

    Todo se funda en un fenómeno actual. En realidad son dos hechos que, puestos en conjunción, parecen paradójicos. Uno es que la gente cada vez lee menos. Eso queda claro. Sobre todo lee menos a los clásicos. Pero, al mismo tiempo, hay cada vez más personas con aspiraciones literarias. ¿Cómo conciliar ambos hechos? Y podría agregarse una cosa más. La gente lee cada vez menos pero, cuando lee, prefiere las novelas mazacote. Se trata de un hecho paralelo al anterior.
    En las épocas de Sarmiento, el primero de los escritores argentinos, había una barbarie que él mismo bautizó con ese nombre que todos han repetido hasta hoy. La barbarie que él conoció tenía que ver con un ambiente hostil para la escritura y también para la lectura. Basta como ejemplo aquel episodio en el cual la vieja que regresaba de la iglesia se horrorizaba al encontrar al joven Sarmiento leyendo en el umbral de su puerta.
    Hoy el ambiente ha cambiado, y de allí “una nueva barbarie.” La hostilidad para con la lectura sigue en pie, aunque ha tomado otra forma. Hay un rechazo de la lectura. Un rechazo que tiene que ver, como decían algunos, con personas que no son dignas de los libros (aunque consideran, al contrario, que los libros no son dignos de ellas.) Al mismo tiempo, la hostilidad hacia la escritura parece haber desaparecido.
    Sin reflexionar demasiado llegan a la mente por lo menos tres explicaciones.
    1. Una de ellas es la enjundia de la opinión. Se considera que la opinión vale por sí misma. Ese vigor de la opinión se debe a una falacia. Cada cual tiene derecho a expresar sus opiniones, dice la primera premisa. Todo hombre es respetable por el mero hecho de ser hombre, dice la segunda. De allí llegan a la conclusión de que toda opinión tiene derecho a ser respetada.
    Esa vigencia de la opinión lleva a los hombres a considerarse escritores en potencia sin leer un solo libro antes de tomar la pluma y garrapatear sus opiniones sobre el papel.
    2. La segunda explicación se puede alcanzar reflexionando sobre la paradoja actual individualismo-uniformidad. Cada vez se exalta más el individualismo y ello tiene por resultado paradójico la uniformidad, que todos son iguales a los demás aunque pretenden demostrar su carácter único. El ejemplo de los tatuajes es claro en ello: todos se tatúan para ser únicos y, al final, el único es el que no tiene tatuaje alguno. Por otra parte la voluntad de excepción viene acompañada de la contraria voluntad de camuflaje y de allí surge la paradoja.
    Las pretensiones literarias de los hombres actuales tienen que ver con la exhibición del propio individualismo. Ello nace de la consideración de la escritura como la exposición de lo más íntimo. Es, claro, una consideración de la escritura que sólo puede surgir de los que, mientras exaltan la escritura, aborrecen la lectura.
    3. Eso último lleva al tercero de los motivos: la vulgarización de la escritura debida a la falta de lectura. Los que nada leen (o sólo leen novelas mazacote) se privan de la enseñanza fundamental que lleva a los hombres a devenir escritores: los escritores que han venido antes y cuyas obras han resistido los embates del tiempo.
    Vivimos en una nueva barbarie, alimentada ciertamente por el inescrupuloso mercado editorial.

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