Entrevista en De Inconcientes

Agradezco la calidez en la entrevista que me hizo Iara Bianchi para De Inconcientes.

¿El psicoanalista es inhumano?

Inhumano en el sentido de la furia, yo diría. Pierde la humanidad gozosa en el acto. No quiere decir que no goza en la vida. No es lo que entiende el sentido común por inhumano. Sería sin la interferencia de lo propio que es, justamente, la dificultad fundamental.

Pueden encontrar más en: Elogio de la furia – Entrevista a Sebastián Digirónimo

La época, la poesía, el psicoanálisis, las correcciones y las traducciones

La sentencia de Fernando Vallejo es cierta: «los principales enemigos del escritor son: el corrector de pruebas, el periodista, el editor y el lector. En ese orden.” Y a la sentencia de Vallejo hasta podemos darle mayor precisión sustituyendo la palabra escritor por la palabra poeta. Esto quiere decir sustituir lo general por lo singular. Lo singular del poeta en el lugar de lo general del escritor. Es que hoy la palabra escritor totaliza, pues todos son escritores: ¡todos! Cuando alguien, por ejemplo, se entera que está por publicarse éste o aquél libro de éste o aquél poeta, en seguida, si se lo encuentra en la calle por casualidad y se detiene a hablarle, le dice estas palabras que oí infinidad de veces: “yo escribo novelas.” Hoy todos son escritores. Hoy hay más escritores que lectores, ciertamente. Todos son escritores. Pero no todos, por supuesto, son poetas. Poetas se necesitan, escritores no. ¡Basta de escritores! Los escritores que no escriben sobran, ni siquiera son escritores, son simples escribientes. Bartlebys por todos lados. Y cuando alguien los arenga a hacer ese esfuerzo de poesía tan necesario hoy día, ellos responden, con gran tranquilidad: “preferiría no hacerlo”, y siguen diciendo que ellos escriben novelas.

Volvamos a la sentencia de Vallejo. Los principales enemigos del escritor son el corrector de pruebas, el periodista, el editor y el lector, en ese orden. Para muestra un botón. O mejor dos. En mi último libro de poemas que está por salir a la luz hay un poema titulado “Michelangiolo.” Como saben los avisados, se trata de Miguel Ángel, del nombre italiano de Miguel Ángel en la época de Miguel Ángel (buen documento para saber esto es el libro de Giovanni Papini titulado Vita di Michelangiolo nella vita di suo tempo, cuya lectura suelo recomendar con fervor.) El corrector de pruebas del libro (que se titula La púrpura y el bronce de la espada) hizo su trabajo en el sentido que señala Vallejo y corrigió: Michelangiolo se transformó en Michelangelo. Bien mirado no es tan grave. Sí marca la verdad de la sentencia de Vallejo. El primer enemigo del escritor está en el corrector de pruebas.

Pero enemigos hay otros. Y no son sólo enemigos del poeta, que eso no importaría nada. Se constituyen en enemigos del idioma, que es mucho más grave aunque algunos lo han olvidado o jamás lo entendieron.

Hace tiempo que lucho con un error grave que se está extendiendo por todos lados. En las publicaciones dedicadas al psicoanálisis es ya moneda corriente. ¿Por qué es un error grave? Porque restringe el idioma, lo empobrece. Hay peritos colectivos que están allí para cumplir tan loable función. Y los demás van detrás, sin saber lo que hacen, alimentando la característica fundamental de la época. Corren hacia el totalitarismo del idioma olvidando aquella pregunta que hacía Arturo Capdevila: «¿o todavía habrá quien crea que nada nos va en cuidar la salud y la vida de la palabra, y nada en velar por el destino ulterior de una lengua?» ¿Pero cómo habrían de recordar la pregunta que se hacía Capdevila en su libro titulado Babel y el castellano si han olvidado también a Capdevila? Convendría que lo recordaran los que corren detrás de los peritos colectivos del idioma. Que recordaran Babel y el castellano, que recordaran Despeñaderos del habla, que recordaran Melpómene, que recordaran El libro de la noche, que recordaran El tiempo que se fue, que recordaran La fiesta del mundo. Incluso convendría que leyeran esos libros sin saber quién fue Arturo Capdevila. Sin importar siquiera que es Arturo Capdevila el nombre del hombre que escribió tales libros. Que celebraran, sin recordar el nombre de Arturo Capdevila, la singularidad de la poesía de Arturo Capdevila.

Los peritos colectivos del idioma lo que buscan es fijar el idioma empobreciéndolo. Se trata de un doble error o de un error único y su grave consecuencia. El error es fijar el idioma, que es exactamente lo contrario de lo que hacen los poetas cuando “velan por el destino ulterior de una lengua.” La consecuencia: el empobrecimiento. Estancar el idioma que fluye como un río caudaloso para convertirlo en estancado charco podrido y maloliente. Y algunos, a esos peritos, les corren detrás, porque corren detrás del “yo sé” del amo actual. Es que «nunca faltan los deteriora sequentis, es decir los seguidores de lo peor como teniéndolo a gala» (y esto está en Despeñaderos del habla.)

Hace poco uno de los que corre detrás de los peritos colectivos dijo que la Real Academia acepta que solo se escriba solamente sin acento. Un único ejemplo castellano y llano, casi una nimiedad para la mayoría y, sin embargo, sumamente revelador en su sencillez. Las traducciones de textos psicoanalíticos suelen copiar esta tendencia que se está registrando en España también con las traducciones de best-sellers extranjeros: esta confusión del sólo adverbial que significa solamente y del solo como adjetivo que remite a la soledad. Esta persona le daba forma al saber en el cual se funda este error cada vez más extendido y declaraba ex cathedra cuál es su fuente.

Se trata de anular la diferencia. Esa confusión da como resultado la pérdida del sólo y la sola conservación del solo (a veces, sin embargo, se pueden encontrar páginas algo cómicas en las cuales aparecen ambos pero sin ningún criterio, echados los acentos al azar en la página y, por casualidad, detenidos algunos de ellos sobre la o de éste o aquél solo.) Que sólo nos quede el solo de la soledad, un solo solo, solamente, es empobrecer el idioma. Todo lo contrario a lo que hace un poeta, y quien no sabe que hay sólo y solo pierde una herramienta de pensamiento sin saberlo.

Recuperar del olvido los libros de Arturo Capdevila (por decir un nombre entre muchos más) nos permitiría aprender algo que ni siquiera sabíamos que no sabíamos. Y, si bien se mira, si se mira lógicamente, un no saber no sabido es nocivo para el psicoanalista, porque es la negación del inconsciente.

Agreguemos además que es divertido que hubiera algunos que se dicen psicoanalistas lacanianos y que creyeran que la Real Academia es la autoridad del idioma. Creer eso es como creer que las TCC son la autoridad en el campo terapéutico. Lacan, por otra parte, como los poetas, siempre enriqueció el idioma. Es irónico que lo empobrecieran a veces traduciendo a Lacan.

Anotemos, de pasada, otro error común que se encuentra con frecuencia en los libros que versan sobre el psicoanálisis: en castellano nadie ni nada se identifica a algo sino con algo. Las relaciones se establecen entre unas cosas con otras (y no a otras.) Parece haber un temor extraño a usar el con castellano, quizá copiando un temor posible en el uso del con francés.

Nos deslizamos de las correcciones a las traducciones, aunque ambas cosas van juntas. Entre la lista de los enemigos del poeta que nos ofrece Vallejo nos parece, ahora, que faltan los traductores. Es que, desde una mirada superficial, son un poco más difíciles de situar. Sin embargo, deberían situarse, seguramente, en el último lugar, junto con los lectores y en el mismo nivel que ellos, ya que la lectura misma es una traducción.

Quienes se hubieran aventurado alguna vez en los laberintos de la traducción conocen los embelecos que acechan en ella. La poesía es, por supuesto, la forma de la literatura que con más claridad muestra esos embelecos. Traducir un poema de un idioma a otro es, derechamente, una destrucción del poema original seguida por su recreación en el idioma del traductor. La traducción allí no es nunca traslación –no puede serlo– sino pura creación. Allí se muestra también, con total claridad, que no basta conocer más o menos bien el idioma desde el cual se traduce sino que es necesario manejar, tan bien o acaso mejor, el idioma hacia el cual se está traduciendo. Esto, que se da por sentado, que se considera una obviedad es, las más de las veces y justamente por eso, la fuente de los despeñaderos mayores de las traducciones. Esto quiere decir que para traducir un poema se necesita ser un poeta. Y en la traducción algo se pierde irremediablemente, pero algo puede ganarse en ello. El poema traducido intentará ser fiel al original en éste o aquél aspecto; aquí se reproducirá con acierto el ritmo, allí el metro, más allá el efecto conceptual y más allá todavía los sentidos múltiples que todo poema instaura y sostiene. Sin embargo, es claro, nunca podrán trasladarse todos y cada uno de los recovecos de un poema. Se pone de manifiesto así, con total transparencia, la verdad enunciada en el famoso adagio italiano que ve un tradittore en cada traduttore. Una verdad inevitable. Casi una perogrullada intrascendente. De hecho, quedarse con ella es no notar que todo el esfuerzo consiste en trabajar desde el primero al último momento en contra de esa verdad, y hacerlo sabiéndola inevitable. Repetir la perogrullada sin más entraña el peligro de todo lugar común: se hace pasar por pensamiento y, en ese mismo momento, impide ir más allá de sí misma. Por eso Unamuno señalaba la importancia de repensar los lugares comunes para evitar sus engaños y los necios se quejaban de que veían en eso una paradoja insalvable. De esa manera, en contra del lugar común del traidor que vive en cada traductor, es que se consiguen traducciones que sorprenden a los distraídos pero que todo poeta conoce (Borges, por ejemplo, las menciona más de una vez): las traducciones que mejoran los originales que traducen. Queda claro que las más comunes son las otras, las que descienden del original y lo malogran.

Los distraídos se encuentran, si tienen suerte, con otra sorpresa: el ser que habla está traduciendo todo el tiempo, no sólo cuando pasa un texto de un idioma a otro. Si nos quedáramos con el lugar común expresado en italiano y dijéramos que todos somos traidores estaríamos lejos de hacer algo con ello.

Conviene manejar lo mejor posible la herramienta de Cervantes y Góngora (parafraseando a Stevenson y sustituyendo a Shakespeare por los dos españoles) para ir más allá del lugar común del traductor traidor.

Llegamos a esto: para leer un poema es necesario ser un poeta y recrear el poema en la lectura. De allí se desprende el hecho estético. La experiencia de esto la puede hacer cualquiera, no sólo los poetas. En una punta están ellos, sintiendo la fatalidad de esa colaboración, en el otro extremo está el hombre que no se esfuerza demasiado (que no hace un esfuerzo de poesía) y declara “yo a la poesía no la entiendo.” Los Bartlebys que preferirían no hacerlo.

Leer es traducir, por eso es el lector quien hace al texto. Cada vez se lee menos. Cada vez se lee peor. Cada vez importa menos luchar contra lo inevitable y cada vez se sucumbe antes al lugar común. El problema mayor es si eso ocurre por pura ignorancia del idioma y por una pobreza radical en su manejo.

A veces algunos hacen un esfuerzo por mejorar las traducciones. ¡Bienvenidos los intentos por lograrlo! Sin embargo, hay un paso previo que no se da porque no se ve siquiera y que se hace cada vez más difícil. Restrinjámonos al campo del psicoanálisis lacaniano. Hay generaciones enteras de psicoanalistas que se han formado en un castellano deformado por la conjunción de dos síntomas: uno relacionado con la decadencia de la época y otro estructural del psicoanálisis. Es fácil entrever, como señalaba Correas acerca de ciertas traducciones de la obra de Sartre al castellano, una ceguera y una sordera para con el idioma francés. Menos fácil es descubrir una ceguera y una sordera anteriores: la ceguera y la sordera para con el idioma castellano. De esa ha adolecido siempre el psicoanálisis en estas tierras, y no hay demasiada luz en el futuro inmediato como para suponer que ha de combatirse con éxito esa oscuridad. Bienvenido el esfuerzo de unos pocos que es, por sobre todas las cosas, un esfuerzo conceptual… pero falta un esfuerzo de poesía más, y eso implica que falta demasiado.

Queda claro que traducir a Lacan está muy cerca de la traducción de la poesía. Mientras tanto hay algunos que corren detrás de los peritos colectivos de la Real Academia para justificar sus elecciones de corrección o traducción de textos. En la página 309 de la traducción castellana del curso de Miller titulado Piezas sueltas se puede leer esto: «el recurso a lo colectivo traduce la angustia ante la arbitrariedad de la decisión, y lo que ese recurso, que hoy está por doquier, tiene de interesante para seguir en detalle es que sin duda hemos asistido a la celebración planetaria de un individuo que por cierto no carece de relación con la noción de un ser trascendente, pero entretanto lo que fotografiamos no es un ser trascendente sino un despojo. Aquí tenemos que vérnoslas con un Uno: un cadáver, un cadáver para la humanidad. Es la ocasión de celebrar una singularidad.»

Correctores y traductores: ¿que la Real Academia intenta borrar la diferencia entre el sólo adverbial (escrito con acento) y el solo como adjetivo (escrito sin acento)? ¡Pero claro! Es un ejemplo más de la característica de la época. Y celebrar la singularidad es oír lo que el poeta tiene para decir acerca de su herramienta.

Volvamos a Vallejo: «por mí que se roben todos los libros míos. Me hacen un honor. Total, no me gustan. Ah, pero eso sí, que no me los toquen. Ni una tilde. Ni una coma. Eso para mí es sagrado.»

Correctores y traductores y peritos colectivos varios: en castellano no hay un solo solo ni hay sólo un solo para mí. Lo que yo escribo será lo que será pero es mío y, sobre todo, es del castellano. Por favor, no me achiquen más el idioma.

Sebastián Digirónimo

Dos ejemplos de poesía menor

Cuando menos lo sospecha el hombre se encuentra con la poesía. Casi como si ella lo embistiera como un toro embravecido. He aquí dos ejemplos de poesía inconsciente que brama y se apresta y sale a la carrera y por fin embiste.

1. Una mañana adquirimos un temporizador mecánico para la cocina cuyo valor monetario era ciertamente una bagatela. Se trata, aquí en el sur, de un producto extranjero, probablemente europeo. Y he aquí la imagen de la caja del temporizador (simpático el artefacto.)

Temporizador.jpg

Al costado de la caja hay las inútiles instrucciones para el uso del objeto. Casi que emulaban a Cortázar quienes diseñaron esa caja. Y las instrucciones están allí en varios idiomas. Inglés, alemán, francés, chino, algo que parece sueco o noruego o finlandés o danés, y castellano… o, mejor dicho, algo que parece castellano. Y tanto se alejan de la redacción corriente, son tan extranjeras en su forma, que son tan simpáticas como la forma del temporizador y, quizá, enteramente poéticas. El secreto está en saber leerlas, como siempre.

Debajo del chino está el castellano… o casi. Lo primero que se lee, a modo de título, es metododeuso, así, sin acento y todo junto. Después está el cuerpo del poema, que consta de tres versos muy sencillos.

Es realmente admirable la forma en la cual están redactados.

El primero dice: “andar por la rumbo manos de un reloj, gira a 60.”

Si uno no supiera de qué habla, esa frase sería realmente misteriosa. El lector azaroso la llenaría de los sentidos más extravagantes, porque el sentido es siempre infinito.

El segundo dice: “inverso por la rumbo manos de un reloj, gira a tiempo estipulado.”

Y vale el mismo comentario. Ese “inverso por la rumbo manos de un reloj” es fantástico.

El tercero dice así: “al llegar tiempo estipulado, sono el timbre.”

Sublime.

2. Otra mañana distinta y tan pródiga como la primera sucedió el segundo de los poemas menores. La pregunta que queda es si fue un poema inconsciente o deliberado. Ocurrió a bordo del tren que nos llevaba desde la ciudad de La Plata hacia la localidad de Avellaneda, aunque parecía ir a Calcuta (obra, enteramente conciente en este caso, de los personajes que ya sabemos.)

Estábamos en el desvencijado y maloliente vagón, sentados sobre los asientos que son duros como el metal, sobre todo porque de eso están hechos. Se podría decir de pasada que tan desvencijado estaba el vagón que no era apto para el pensamiento. En medio del viaje una de las ventanillas se abrió sola y al caer hizo tremendo ruido. Ese ruido nos hizo saltar sobre los duros asientos, y ningún hombre, por más abstraído que estuviera en sus pensamientos, podría haber continuado sus cavilaciones luego de tal sobresalto.

Estábamos, entonces, en ese vagón, sufriendo el viaje y el frío (ventanillas que no cierran, las puertas menos, ¿calefacción?, sí, seguro…), y de repente observé en la pared del frente un insulto que alguien le había dirigido a otro. Se acordaba en él de la madre del otro y de su supuesta profesión (antigua, según dicen todos creyendo decir algo interesante.) Allí estaba, escrito con letra temblorosa, letra de tren, el breve poema.

Cualquiera diría que el insulto estaba mal escrito, y que en lugar de insultar da un poco de risa. Es que alguien se dirigía a una fulana y la tildaba de hija de mala madre. Pero no decía mala madre, decía la otra palabra que tanto les gusta a los malos escritores aplaudidos por los asnos. Pero no sólo no decía mala madre y sí decía puta; tampoco decía hija, porque el poeta del pueblo escribió, sobre la pared de ese vagón, higa de puta.

Algún distraído diría, además, que parece un insulto pronunciado por un italiano y llevado luego esa pronunciación a grafía.

Pero quizá se engañaría, como se engaña el que pensara que el insulto estaba mal escrito.

Era la obra de un verdadero poeta que cumple su cometido ya que con su poema sólo esperaba engañar a los zonzos. Porque quizá sí quiso decir higa. Y como se sabe, higa es el nombre de un gesto de desprecio que solía usarse y que pasó luego a querer decir también burla, mofa, broma, ironía (es también el nombre que le han dado a un amuleto y, por extensión, a los amuletos todos.) Quizá el que escribió eso quería decir que esa fulana era como el gesto de desprecio hecho por una prostituta a alguien más (que es como el desprecio hecho por el despreciado.) ¿Será suponer mucho? Basta ver los trenes para saber que sí. Quiso decir hija y usó la ortografía que usa la mayoría, ya que la cultura del país es como sus trenes y ha sido devastada, arrasada, destruida, saqueada. El insulto se convierte así en algo cómico pero también en otro sublime caso de poesía inconsciente.

¿Quién hubiera dicho que de tantas iniquidades como las que han desangrado al país podía salir un pedazo de inmejorable poesía?