Los perros de Acteón

Acteón descansaba plácidamente sobre la hierba. Arduo había sido el día. Ardua la cacería. Pero ahora la brisa suave, que acariciaba las hojas de los árboles y convertía la hierba en un calmo océano, era para él un bálsamo reconfortante tras la larga jornada. Sus perros jugueteaban cerca de él. Retozaban en los pastos sin alejarse demasiado de su amo, de su dios. De repente veían unos insectos que pasaban y los perseguían. Salían a la carrera, velozmente, y luego regresaban como vencedores, meneando su cola y pavoneándose por sus habilidades tan afiladas. Generaban un extraño espectáculo esas fieras que se comportaban como inocentes criaturas.
Ya era media tarde, el sol pronto caería por debajo del horizonte. Acteón pensaba que estaba terminando una jornada agotadora pero perfecta.
Cerca del lugar en el que Acteón y sus sabuesos descansaban, estaba el bosque lleno de bestias. Esas bestias magníficas, casi imposibles de atrapar, eran el objeto de las ilusiones de todo cazador. La fama eterna estaría destinada a quien pudiese alzarse con el anhelado trofeo. Acteón soñaba con ser el cazador de la hazaña. Algunos afirmaban que por el bosque rondaba la cierva sagrada, la de la cornamenta dorada dedicada a la diosa Ártemis.
Acteón reposaba sobre la hierba y pensaba en sus sueños de fama y de grandeza. Pero el sol, que apresuraba cada vez más su paso hacia occidente, lo devolvió a la realidad de hierro. Se puso de pie y decidió adentrarse en el bosque. Sus perros, siempre amables y cariñosos con su amo, lo acompañaron.
Se adentró en el bosque, fatigado y al mismo tiempo expectante. Una vez en medio de la espesura del bosque oyó el sonido del agua y decidió refrescarse y dejar que también se refrescaran sus animales. Advirtió entonces que estaba sediento y que seguramente también lo estaban sus perros. No lo había percibido antes por culpa de sus ensoñaciones. A medida que avanzaba hacia el sonido el agua, un claro se abría en medio de la espesura y en su centro había un manantial.
Pero antes de llegar a él, Acteón se detuvo repentinamente. También se detuvieron sus lebreles. Oyó el sonido alegre de las risas, casi perplejo. Entonces se acercó con mayor lentitud y tratando de no hacer ruido. Apartó unas hojas enormes con su mano derecha y miró con cuidado. Vio, en el manantial, a un grupo de doncellas desnudas que jugueteaban con el agua, ajenas a toda preocupación y dolor. Entre ellas había una que se destacaba por su belleza. Su piel blanca y transparente, su cuerpo desnudo y suave, brillaba ante los ojos de Acteón. Él, maravillado, la contempló, sin que el tiempo lo estorbara. Sumido en tal contemplación, se olvidó de sus perros. Éstos, que lo buscaban todavía sedientos, ladraron. Las doncellas del manantial, entonces, se estremecieron e intentaron cubrir su bella desnudez.
La que Acteón había admirado por su belleza angelical se mostró en su esplendor de diosa. Corrió hacia sus ropas y Acteón vio que llevaba arco y flechas. Todavía prendado por su hermosura, Acteón salió de su escondite e intentó acercarse a ella. Supo, en ese instante, que había contemplado a una diosa desnuda, y que estaba escrito que ningún mortal habría de sobrevivir a una falta de tal magnitud.
Fue un solo instante recordar cómo Ártemis había matado a muchos por su cólera; y fue un instante que se colmara de miedo; y fue un instante que Ártemis lo mirara en silencio pero llena de cólera; y fue un instante que mirara a los perros que todavía buscaban a su amo; y fue un instante que esos animales, poseídos por la diosa, se abalanzaran sobre su amo sin reconocerlo.
En ese instante fugaz, Acteón supo que su fin era inevitable. Sintió las pezuñas que ocupaban el lugar de sus pies, y sintió la cornamenta en su frente, y sintió su pelaje liso. Entendió que la diosa lo había convertido en un ciervo y sintió las atroces dentelladas de sus perros. El más diestro de sus animales lo fulminó con una feroz mordedura que le desgarró completamente el cuello.
La diosa y las doncellas se alejaron. Entonces los perros, liberados de la maldición, buscaron otra vez a su amo, llenos de contento por la presa que habían logrado. Los animales, colmados de estupor, percibían el olor de su amo por todas partes, allí mismo donde habían matado al ciervo. Y aunque lo percibían no lo hallaban. En el bosque no hubo ya otro sonido que el de los gemidos lastimeros de los sabuesos que buscaban vanamente a su dueño y a su dios.


Publicado en Treinta monedas de plata, Ediciones Al Margen, 2013.

Diana y Acteón (Diana sorprendida en su baño) Camille Corot (1796–1875 Paris)
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La época, la poesía, el psicoanálisis, las correcciones y las traducciones

La sentencia de Fernando Vallejo es cierta: «los principales enemigos del escritor son: el corrector de pruebas, el periodista, el editor y el lector. En ese orden.” Y a la sentencia de Vallejo hasta podemos darle mayor precisión sustituyendo la palabra escritor por la palabra poeta. Esto quiere decir sustituir lo general por lo singular. Lo singular del poeta en el lugar de lo general del escritor. Es que hoy la palabra escritor totaliza, pues todos son escritores: ¡todos! Cuando alguien, por ejemplo, se entera que está por publicarse éste o aquél libro de éste o aquél poeta, en seguida, si se lo encuentra en la calle por casualidad y se detiene a hablarle, le dice estas palabras que oí infinidad de veces: “yo escribo novelas.” Hoy todos son escritores. Hoy hay más escritores que lectores, ciertamente. Todos son escritores. Pero no todos, por supuesto, son poetas. Poetas se necesitan, escritores no. ¡Basta de escritores! Los escritores que no escriben sobran, ni siquiera son escritores, son simples escribientes. Bartlebys por todos lados. Y cuando alguien los arenga a hacer ese esfuerzo de poesía tan necesario hoy día, ellos responden, con gran tranquilidad: “preferiría no hacerlo”, y siguen diciendo que ellos escriben novelas.

Volvamos a la sentencia de Vallejo. Los principales enemigos del escritor son el corrector de pruebas, el periodista, el editor y el lector, en ese orden. Para muestra un botón. O mejor dos. En mi último libro de poemas que está por salir a la luz hay un poema titulado “Michelangiolo.” Como saben los avisados, se trata de Miguel Ángel, del nombre italiano de Miguel Ángel en la época de Miguel Ángel (buen documento para saber esto es el libro de Giovanni Papini titulado Vita di Michelangiolo nella vita di suo tempo, cuya lectura suelo recomendar con fervor.) El corrector de pruebas del libro (que se titula La púrpura y el bronce de la espada) hizo su trabajo en el sentido que señala Vallejo y corrigió: Michelangiolo se transformó en Michelangelo. Bien mirado no es tan grave. Sí marca la verdad de la sentencia de Vallejo. El primer enemigo del escritor está en el corrector de pruebas.

Pero enemigos hay otros. Y no son sólo enemigos del poeta, que eso no importaría nada. Se constituyen en enemigos del idioma, que es mucho más grave aunque algunos lo han olvidado o jamás lo entendieron.

Hace tiempo que lucho con un error grave que se está extendiendo por todos lados. En las publicaciones dedicadas al psicoanálisis es ya moneda corriente. ¿Por qué es un error grave? Porque restringe el idioma, lo empobrece. Hay peritos colectivos que están allí para cumplir tan loable función. Y los demás van detrás, sin saber lo que hacen, alimentando la característica fundamental de la época. Corren hacia el totalitarismo del idioma olvidando aquella pregunta que hacía Arturo Capdevila: «¿o todavía habrá quien crea que nada nos va en cuidar la salud y la vida de la palabra, y nada en velar por el destino ulterior de una lengua?» ¿Pero cómo habrían de recordar la pregunta que se hacía Capdevila en su libro titulado Babel y el castellano si han olvidado también a Capdevila? Convendría que lo recordaran los que corren detrás de los peritos colectivos del idioma. Que recordaran Babel y el castellano, que recordaran Despeñaderos del habla, que recordaran Melpómene, que recordaran El libro de la noche, que recordaran El tiempo que se fue, que recordaran La fiesta del mundo. Incluso convendría que leyeran esos libros sin saber quién fue Arturo Capdevila. Sin importar siquiera que es Arturo Capdevila el nombre del hombre que escribió tales libros. Que celebraran, sin recordar el nombre de Arturo Capdevila, la singularidad de la poesía de Arturo Capdevila.

Los peritos colectivos del idioma lo que buscan es fijar el idioma empobreciéndolo. Se trata de un doble error o de un error único y su grave consecuencia. El error es fijar el idioma, que es exactamente lo contrario de lo que hacen los poetas cuando “velan por el destino ulterior de una lengua.” La consecuencia: el empobrecimiento. Estancar el idioma que fluye como un río caudaloso para convertirlo en estancado charco podrido y maloliente. Y algunos, a esos peritos, les corren detrás, porque corren detrás del “yo sé” del amo actual. Es que «nunca faltan los deteriora sequentis, es decir los seguidores de lo peor como teniéndolo a gala» (y esto está en Despeñaderos del habla.)

Hace poco uno de los que corre detrás de los peritos colectivos dijo que la Real Academia acepta que solo se escriba solamente sin acento. Un único ejemplo castellano y llano, casi una nimiedad para la mayoría y, sin embargo, sumamente revelador en su sencillez. Las traducciones de textos psicoanalíticos suelen copiar esta tendencia que se está registrando en España también con las traducciones de best-sellers extranjeros: esta confusión del sólo adverbial que significa solamente y del solo como adjetivo que remite a la soledad. Esta persona le daba forma al saber en el cual se funda este error cada vez más extendido y declaraba ex cathedra cuál es su fuente.

Se trata de anular la diferencia. Esa confusión da como resultado la pérdida del sólo y la sola conservación del solo (a veces, sin embargo, se pueden encontrar páginas algo cómicas en las cuales aparecen ambos pero sin ningún criterio, echados los acentos al azar en la página y, por casualidad, detenidos algunos de ellos sobre la o de éste o aquél solo.) Que sólo nos quede el solo de la soledad, un solo solo, solamente, es empobrecer el idioma. Todo lo contrario a lo que hace un poeta, y quien no sabe que hay sólo y solo pierde una herramienta de pensamiento sin saberlo.

Recuperar del olvido los libros de Arturo Capdevila (por decir un nombre entre muchos más) nos permitiría aprender algo que ni siquiera sabíamos que no sabíamos. Y, si bien se mira, si se mira lógicamente, un no saber no sabido es nocivo para el psicoanalista, porque es la negación del inconsciente.

Agreguemos además que es divertido que hubiera algunos que se dicen psicoanalistas lacanianos y que creyeran que la Real Academia es la autoridad del idioma. Creer eso es como creer que las TCC son la autoridad en el campo terapéutico. Lacan, por otra parte, como los poetas, siempre enriqueció el idioma. Es irónico que lo empobrecieran a veces traduciendo a Lacan.

Anotemos, de pasada, otro error común que se encuentra con frecuencia en los libros que versan sobre el psicoanálisis: en castellano nadie ni nada se identifica a algo sino con algo. Las relaciones se establecen entre unas cosas con otras (y no a otras.) Parece haber un temor extraño a usar el con castellano, quizá copiando un temor posible en el uso del con francés.

Nos deslizamos de las correcciones a las traducciones, aunque ambas cosas van juntas. Entre la lista de los enemigos del poeta que nos ofrece Vallejo nos parece, ahora, que faltan los traductores. Es que, desde una mirada superficial, son un poco más difíciles de situar. Sin embargo, deberían situarse, seguramente, en el último lugar, junto con los lectores y en el mismo nivel que ellos, ya que la lectura misma es una traducción.

Quienes se hubieran aventurado alguna vez en los laberintos de la traducción conocen los embelecos que acechan en ella. La poesía es, por supuesto, la forma de la literatura que con más claridad muestra esos embelecos. Traducir un poema de un idioma a otro es, derechamente, una destrucción del poema original seguida por su recreación en el idioma del traductor. La traducción allí no es nunca traslación –no puede serlo– sino pura creación. Allí se muestra también, con total claridad, que no basta conocer más o menos bien el idioma desde el cual se traduce sino que es necesario manejar, tan bien o acaso mejor, el idioma hacia el cual se está traduciendo. Esto, que se da por sentado, que se considera una obviedad es, las más de las veces y justamente por eso, la fuente de los despeñaderos mayores de las traducciones. Esto quiere decir que para traducir un poema se necesita ser un poeta. Y en la traducción algo se pierde irremediablemente, pero algo puede ganarse en ello. El poema traducido intentará ser fiel al original en éste o aquél aspecto; aquí se reproducirá con acierto el ritmo, allí el metro, más allá el efecto conceptual y más allá todavía los sentidos múltiples que todo poema instaura y sostiene. Sin embargo, es claro, nunca podrán trasladarse todos y cada uno de los recovecos de un poema. Se pone de manifiesto así, con total transparencia, la verdad enunciada en el famoso adagio italiano que ve un tradittore en cada traduttore. Una verdad inevitable. Casi una perogrullada intrascendente. De hecho, quedarse con ella es no notar que todo el esfuerzo consiste en trabajar desde el primero al último momento en contra de esa verdad, y hacerlo sabiéndola inevitable. Repetir la perogrullada sin más entraña el peligro de todo lugar común: se hace pasar por pensamiento y, en ese mismo momento, impide ir más allá de sí misma. Por eso Unamuno señalaba la importancia de repensar los lugares comunes para evitar sus engaños y los necios se quejaban de que veían en eso una paradoja insalvable. De esa manera, en contra del lugar común del traidor que vive en cada traductor, es que se consiguen traducciones que sorprenden a los distraídos pero que todo poeta conoce (Borges, por ejemplo, las menciona más de una vez): las traducciones que mejoran los originales que traducen. Queda claro que las más comunes son las otras, las que descienden del original y lo malogran.

Los distraídos se encuentran, si tienen suerte, con otra sorpresa: el ser que habla está traduciendo todo el tiempo, no sólo cuando pasa un texto de un idioma a otro. Si nos quedáramos con el lugar común expresado en italiano y dijéramos que todos somos traidores estaríamos lejos de hacer algo con ello.

Conviene manejar lo mejor posible la herramienta de Cervantes y Góngora (parafraseando a Stevenson y sustituyendo a Shakespeare por los dos españoles) para ir más allá del lugar común del traductor traidor.

Llegamos a esto: para leer un poema es necesario ser un poeta y recrear el poema en la lectura. De allí se desprende el hecho estético. La experiencia de esto la puede hacer cualquiera, no sólo los poetas. En una punta están ellos, sintiendo la fatalidad de esa colaboración, en el otro extremo está el hombre que no se esfuerza demasiado (que no hace un esfuerzo de poesía) y declara “yo a la poesía no la entiendo.” Los Bartlebys que preferirían no hacerlo.

Leer es traducir, por eso es el lector quien hace al texto. Cada vez se lee menos. Cada vez se lee peor. Cada vez importa menos luchar contra lo inevitable y cada vez se sucumbe antes al lugar común. El problema mayor es si eso ocurre por pura ignorancia del idioma y por una pobreza radical en su manejo.

A veces algunos hacen un esfuerzo por mejorar las traducciones. ¡Bienvenidos los intentos por lograrlo! Sin embargo, hay un paso previo que no se da porque no se ve siquiera y que se hace cada vez más difícil. Restrinjámonos al campo del psicoanálisis lacaniano. Hay generaciones enteras de psicoanalistas que se han formado en un castellano deformado por la conjunción de dos síntomas: uno relacionado con la decadencia de la época y otro estructural del psicoanálisis. Es fácil entrever, como señalaba Correas acerca de ciertas traducciones de la obra de Sartre al castellano, una ceguera y una sordera para con el idioma francés. Menos fácil es descubrir una ceguera y una sordera anteriores: la ceguera y la sordera para con el idioma castellano. De esa ha adolecido siempre el psicoanálisis en estas tierras, y no hay demasiada luz en el futuro inmediato como para suponer que ha de combatirse con éxito esa oscuridad. Bienvenido el esfuerzo de unos pocos que es, por sobre todas las cosas, un esfuerzo conceptual… pero falta un esfuerzo de poesía más, y eso implica que falta demasiado.

Queda claro que traducir a Lacan está muy cerca de la traducción de la poesía. Mientras tanto hay algunos que corren detrás de los peritos colectivos de la Real Academia para justificar sus elecciones de corrección o traducción de textos. En la página 309 de la traducción castellana del curso de Miller titulado Piezas sueltas se puede leer esto: «el recurso a lo colectivo traduce la angustia ante la arbitrariedad de la decisión, y lo que ese recurso, que hoy está por doquier, tiene de interesante para seguir en detalle es que sin duda hemos asistido a la celebración planetaria de un individuo que por cierto no carece de relación con la noción de un ser trascendente, pero entretanto lo que fotografiamos no es un ser trascendente sino un despojo. Aquí tenemos que vérnoslas con un Uno: un cadáver, un cadáver para la humanidad. Es la ocasión de celebrar una singularidad.»

Correctores y traductores: ¿que la Real Academia intenta borrar la diferencia entre el sólo adverbial (escrito con acento) y el solo como adjetivo (escrito sin acento)? ¡Pero claro! Es un ejemplo más de la característica de la época. Y celebrar la singularidad es oír lo que el poeta tiene para decir acerca de su herramienta.

Volvamos a Vallejo: «por mí que se roben todos los libros míos. Me hacen un honor. Total, no me gustan. Ah, pero eso sí, que no me los toquen. Ni una tilde. Ni una coma. Eso para mí es sagrado.»

Correctores y traductores y peritos colectivos varios: en castellano no hay un solo solo ni hay sólo un solo para mí. Lo que yo escribo será lo que será pero es mío y, sobre todo, es del castellano. Por favor, no me achiquen más el idioma.

Sebastián Digirónimo

Psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado: una grieta política

Et sane arduum debet esse, quod adeo raro reperitur.[1]

En esta página no importa tanto de dónde surge la dicotomía psicoanálisis puro-psicoanálisis aplicado. Importa más bien hacia dónde puede llegar a ir. El problema es el que ya señalara Miller: «lo que hace falta es que el psicoanálisis aplicado a la terapia siga siendo psicoanálisis y que se preocupara por su identidad psicoanalítica.»

Una de las actividades mejores para extraer una enseñanza es el comentario de textos (que no es una simple lectura a la letra, confundir ambas cosas implica olvidar aquello de Quignard de que «la traducción infiel es palabra por palabra infiel.») Esa actividad se puede ejercer incluso sobre textos imaginarios, inventando problemas. El comentario es siempre, de todas formas, una manera de plantearse problemas, de inventar, a través de la repetición, algo nuevo. Eso sin olvidar, como señala Miller, que el texto tiene, sin embargo, una estructura única, y que debemos entonces tener como meta que hay una sola lectura buena.
Se puede comenzar imaginando, por lo tanto, dos definiciones radicales. La primera rezaría lo siguiente: todo psicoanálisis es psicoanálisis puro. La segunda es, al parecer, enteramente opuesta: todo psicoanálisis es psicoanálisis aplicado. Trabajar sobre la aparente contradicción puede ser fructífero, sobre todo para echar luz sobre la grieta política que se abre a partir de la dicotomía.
Entonces, a partir de esas dos sentencias aparentemente contradictorias, se puede seguir un camino breve pero orientado (que es lo que más importa) y buscar en él algunas proposiciones no menos radicales que se desprenderían de las otras. El punto de partida es considerar que la contradicción es enteramente aparente y que ambas sentencias son correctas al mismo tiempo. Las proposiciones que se desprenden a partir de ellas son múltiples. Aquí subrayaremos cuatro.

Primera proposición: no es lo mismo tratar la actualidad por el psicoanálisis que el psicoanálisis por la actualidad.

Parece perogrullada, y, sin embargo, es fácil el deslizamiento de un lado al otro de la proposición. La actualidad entra en el consultorio porque el consultorio está ubicado en un tiempo y en un espacio. Por eso el psicoanálisis es siempre psicoanálisis aplicado y no es nunca una torre de marfil (temor que a muchos los hace considerar con desconfianza al psicoanálisis puro), pero es psicoanálisis con la condición de tener como horizonte el psicoanálisis puro. Esto quiere decir que lo que más importa no es el adjetivo, sino el sustantivo. Dejar que nos condujeran los ideales terapéuticos actuales subrayando los adjetivos implica generar una grieta dentro del psicoanálisis. Generar una grieta y perder de vista la identidad del psicoanálisis. Ello implica responder a la demanda social resignando lo que hace psicoanálisis al psicoanálisis.
(A las dos opciones mencionadas aquí se le agrega una tercera, delirante, que es la de Cottraux, uno de los coautores del Libro negro: se trata de echarle la culpa al psicoanálisis por la actualidad -dice, por ejemplo, que la decadencia del Estado es culpa del psicoanálisis. Esta tercera opción vale la pena considerarla sólo como witz.)

Segunda proposición: en el abuso de la dicotomía está escondida la voluntad de hacer del psicoanálisis una técnica (o la imposibilidad de soportar que no lo fuera.)

La dicotomía entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado es un problema porque genera una grieta en la cual se introduce con facilidad, para guarecerse en ella, el temor al enigma del sujeto que se despliega en la opacidad de un síntoma. Se trata de una grieta dentro del mismo psicoanálisis y por la cual se cuelan con facilidad los ideales de eficacia en breve lapso, funcionalidad, etcétera; ideales que configuran una posición política que va en detrimento del sujeto y a favor de los estándares ortopédicos con los cuales sostener consumidores funcionales. Es fácil aprovechar la distinción entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado para, sencillamente, borrar la dimensión del psicoanálisis mismo. Se trata de una grieta por la cual se introduce en el psicoanálisis, silenciosamente, otra lógica que no es la del psicoanálisis y que aborrece su ironía, su escepticismo, su irreverencia; esas características antimodernas que Miller subrayó en el anti-libro negro.

Tercera proposición: hay falsos problemas que se desprenden de una falta ética.

Una falta ética es, por ejemplo, descargar sobre las características de la actualidad algo que depende de la característica del objeto con el cual trabaja el psicoanálisis y que es el que lo orienta. Ese algo que le hacía a Lacan preservar la dimensión de la insatisfacción en sus formulaciones teóricas y eso que mencionó al final de su vida y que se entendió tan mal muchas veces: la idea del psicoanálisis como impostura. Lo real huye, tiene su consistencia propia, tiene su resistencia propia. Hoy y siempre. Más allá de las características particulares de la actualidad, más allá de las formas cambiantes de las presentaciones clínicas, no hay que olvidar eso otro, que le da su carácter específico a la profesión imposible del psicoanálisis.
El psicoanálisis es una experiencia y también un acto. Hay una pregunta que se repite de tanto en tanto: ¿el psicoanálisis lee un sujeto ya escrito o escribe un nuevo sujeto? Es acto, sobre todo, porque escribe un nuevo sujeto, y si no lo escribiera no sería psicoanálisis.
Esa escritura no es fácil, porque implica sostener todo el tiempo al sujeto. Esa escritura es tan difícil como la escritura verdadera de una página cualquiera. No es escritura el simple derroche de palabras: la escritura debe ser parida para ser verdadera escritura, pese a que la mayoría busca la salida fácil de la cesárea verbal. Esa salida fácil es coherente con los ideales terapéuticos actuales.

Cuarta proposición: convendría remplazar la dicotomía entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado por otra dicotomía que no pusiera en entredicho la identidad del psicoanálisis. Una dicotomía aceptable parece ser la que distingue los efectos terapéuticos y los efectos psicoanalíticos dentro de un psicoanálisis.

Esta cuarta proposición se trata de una proposición en el sentido de propuesta más que en el sentido de oración, enunciado o afirmación. Remplazar la dicotomía psicoanálisis puro-psicoanálisis aplicado por esta otra permite no perder de vista que ambos tipos de efectos ocurren siempre dentro de un psicoanálisis. Como se sabe, ambos tipos de efectos se relacionan de distintas maneras a lo largo de un psicoanálisis: no se pierde la identidad del mismo cuando se mantiene cierto equilibrio y no se sucumbe ante los ideales, cualesquiera que fueran, pero sobre todo los ideales terapéuticos, evaluables y mensurables de actualidad.

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En uno de los dos artículos que publicara en L’anti livre noir de la psychanalyse, Clotilde Leguil-Badal se preguntaba de dónde surge la infatuación que generan en el público general las neurociencias que pretenden revelarnos todo sobre el ser humano. Una de las posibles respuestas tiene que ver ciertamente con la responsabilidad, y es la respuesta que explica aquello que en el mismo artículo llamó la paradoja de la época relacionada con el sujeto. Esa misma respuesta explica también la peligrosidad de la grieta política que genera la dicotomía entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado. En esa grieta pueden escudarse, dentro del psicoanálisis y silenciosamente, los mismos temores que generan la infatuación del gran público. No es fácil sostener al sujeto todo el tiempo, con su particularidad y sus enigmas. Más nos vale estar advertidos de las grietas y repetir el epígrafe de esta página, que constituye a su vez la última línea de la Ética de Spinoza.


[1] Y arduo debe ser lo que tan raramente se encuentra.

Sebastián Digirónimo

Publicado en Revista Litura no todo psicoanálisis, n° 2, octubre 2010.

El pase, entonces, se terminó

Primer punto es el título de la clase: “se terminó, entonces, el pase.” Es un condicional que nos remite a la lógica. Podemos leerla forma lógica de las premisas y la conclusión. Se trata, ciertamente, de una conclusión. Y de una conclusión en el sentido de la lógica.

Así se le presenta a ese analizante la cuestión del fin, pero podemos tomarlo al revés para sostener algunas cosas acerca del pase. Por eso quería, en el comentario, llegar a la fórmula inversa: “el pase, entonces, se terminó.” Esto se puede formular radicalmente de la siguiente manera: sin pase no hay fin de análisis. Hacia allí querría empujar la lectura.

Esa sería una enseñanza que podemos extraer de “Se terminó,entonces, el pase.” Pero preferiría extraer una doble enseñanza y, por tanto, un segundo punto. Ese segundo punto, que está a lo largo de todo el testimonio, encuentra su punto más alto cuando Miller señala lo del Eclesiastés: hay un tiempo para cada cosa y, por lo tanto, en un análisis no se pueden ahorrar pasos.

Punto uno, entonces, sin el pase no se termina. Esto queda bien claro en la página 206, cuando el analizante devenido psicoanalista señala esa frase que considera la descripción exacta de su acto hacia el pase. Dice: “no sé dónde voy, pero allí voy.” Esa frase no sólo es una definición del último paso del análisis sino una definición del análisis todo. De principio a fin el análisis debería estar marcado por un “no sé dónde voy, pero allí voy.” Esto queda mencionado con claridad al señalar el consentimiento del analizante al acto psicoanalítico. Solano comenta el testimonio y señala “cómo prueba, demuestra que esta salida del análisis y esta entrada en el pase, este pasaje de analizante a analista, no es más que una consecuencia, en el fondo, del acto analítico al cual el analizante consintió.” Entonces ahí tenemos que empujar la lectura y preguntar si, sin esta consecuencia lógica, hay acto y hay fin.

Para intentar una respuesta a estas preguntas tenemos que ir a lo básico: lo primero es la definición misma de lo que descubre el psicoanálisis y a lo que se reduce todo el mundo humano, es decir, el mundo del ser que habla. Justamente por ser hablante se abren al mismo tiempo dos dimensiones: la del saber y la del goce humano. Pero en ese mismo movimiento se descubre que ese saber es siempre menor que ese goce: eso se llama trauma. Por habitar el lenguaje → saber y goce; pero saber < goce. Es decir: hablar hace surgir un saber y un goce que están desproporcionados; no hay proporción entre ese saber y ese goce. Esto es lo que quiere decir el famoso no hay relación sexual, que es el descubrimiento del psicoanálisis. El descubrimiento de Freud es, ciertamente,el inconsciente, pero el inconsciente es, justamente, que no hay relación sexual. Agreguemos esto: Freud hace un descubrimiento y una invención (lo dice Lacan); descubre el inconsciente e inventa un modo de tratarlo, que es el dispositivo psicoanalítico.

Esto nos hace pasar al segundo punto, que tiene que ver con qué esperar de un psicoanálisis. No hay que esperar, por supuesto, la desaparición del trauma. No hay que esperar la curación de la desproporción. Más bien lo que hace el psicoanálisis es demostrar lo incurable. Lo incurable de esa desproporción (que podemos llamar también inadecuación de la verdad para ceñir lo real.) Se puede decir que el psicoanálisis no cura del inconsciente por el simple motivo que un analizado (es decir alguien que llega al fin del análisis) no deja de ser un ser hablante. Pero sí se puede esperar curarse del tratamiento espontáneo que hace el sujeto de esa desproporción incurable. Ese tratamiento espontáneo se llama neurosis (o perversión o psicosis, pero vamos a concentrarnos en la neurosis, por donde entra Freud mismo.) Ese tratamiento espontáneo implica la religión del Otro; es decir, creer en ese Otro que se supone que sabe o goza. Esa suposición es, por supuesto, el sujeto supuesto saber. (Dos ejemplos rápidos: un paciente dijo una vez: “yo creo que vos sabés qué me pasa pero no me lo decís para que yo llegue a descubrirlo solo.” Esto del lado del saber, y lo que dice es agudo pero, al mismo tiempo, neurótico. Ese “que yo llegue a descubrirlo solo” está bien, pero que hay Otro que sabe es lo que debe caer. Del lado del Otro que goza, otro paciente dijo: “yo creo que me contagió a propósito”, también, “para mí toda la gente es mala.” El colmo de esto lo roza hablando de una mujer a la cual él no quiere ver más porque él tiene cierto problema y no quiere abrumarla con eso, ella le dice que eso no le importa y que ella quiere seguir con él, sin embargo, él toma distancia de ella y, después, se queja porque la nota fría y distante y dice “me decepcionó.”)

Entonces, de lo que cura el psicoanálisis es de ese tratamiento salvaje de la desproporción que se llama neurosis y que implica la religión del Otro. Ese Otro es el parche salvaje sobre la desproporción entre saber y goce. Por supuesto que el fin del análisis implica, así, la destitución del Otro. (Hay que notar la ambigüedad de la palabra fin, que es el final, el término, pero también la meta o el objetivo.)

Vamos a lo tercero: curar la religión del Otro implica el acto. (Algunos inventan el neologismo de acteísmo, por acto y ateísmo, como el movimiento de la destitución del Otro.) Es fácil entender cómo esto lleva a la curación de la neurosis. Tomemos los dos ejemplos de aquellos pacientes y veremos que sería fácil notar que el Otro no sabe ni goza si hubieran llegado a soportar que el Otro no existe. Aquello de que el psicoanalista no se autoriza más que en sí mismo quiere decir que no se autoriza en el Otro por eso mismo, porque el Otro no existe. Y en este lugar hay que hacer una precisión: el Otro que no existe del fin del análisis no es el Otro que no existe de la época actual. El Otro que no existe de la época actual es otro desdibujado, impotente, inútil, incluso podemos tomarlo como el lugar del Otro vacío, pero el lugar sigue allí y la pasión del neurótico sigue tan vigente como siempre o, quizá, más. El Otro que no existe del fin del análisis es completamente distinto. No está desdibujado, ni es impotente, ni es un inútil, simplemente porque no está más.

Vuelvo al principio de este punto tercero. Curar la religión del Otro implica el acto. Soler habló alguna vez de la resolución de la neurosis como del fin de la vacilación neurótica sobre el Otro. Eso está muy bien por un simple motivo: fin de la vacilación es una definición del acto, quizá la mejor definición del acto.

Resumamos: 1) ser hablante y, por lo tanto, no hay relación sexual. 2) Religión del Otro como tapón salvaje del punto anterior. 3) Acto psicoanalítico.

Este resumen es un psicoanálisis en sus líneas mínimas o en sus rasgos mayores.

Después de este resumen en tres pasos, entonces, volvamos a eso que el psicoanálisis pone de manifiesto: lo incurable. Es lo incurable lo que hace llegar a la tesis de que sin el pase no hay fin de análisis. (Por supuesto, mucho más acá, en el psicoanálisis no hay “alta” –como se oye de tanto en tanto: “le di de alta” o “me dio el alta.”)

Podríamos incluso vaticinar algo: dentro de diez o quince años todos van a comenzar a decir, como algo natural que hoy les parece demasiado brusco, que sólo el pase es el que implica el fin de análisis (y que un análisis que finaliza sin que el analizante se precipitara en acto a dar el pase no es un análisis finalizado –incluso si ese analizante que hiciera el pase no fuera nunca un psicoanalista practicante.)

El punto es, por lo tanto, “el pase y lo incurable.”

Vamos a dejar a Miller de lado por un momento y concentrarnos en algo que está en el último libro de Soler. Allí ronda la tesis de que sin pase no hay fin de análisis pero no llega a decirla de lleno. Trascribo (y pongamos el acento en que a lo que dice le falta cierta radicalidad, es decir, cierta fuerza): «No basta un analizado para producir un analista: además se necesita una posición que no todo análisis produce. Es lo que Lacan desarrolla en su “Nota italiana” con consecuencias para el dispositivo del pase: si haber ceñido su “horror de saber” no ha conducido al candidato al entusiasmo, “devuélvalo a sus caros estudios”, dice Lacan. Dicho de otro modo, no será AE, analista de la Escuela. Esto es lo que distingue claramente el análisis terminado del análisis del analista. A decir verdad, esta tesis ya estaba presente desde el “Discurso de la EFP”, pero parece no haber sido leída. Ya decía Lacan: “el no analista no implica el no analizado” y, contra toda psicologización del deseo del analista que no puede funcionar como atributo, subrayaba en esa época que en lo único que hay que reparar es en el acto analítico.»

Lo que le interesa a Soler, como parte del libro que tituló Los afectos lacanianos, es ese entusiasmo que ella toma como afecto. Dice que no importa el “término del análisis en lo que al saber se refiere, sino de seleccionar según el efecto de afecto de ese saber.” Entonces cita a Lacan: “si no es conducido al entusiasmo, bien puede haber habido un análisis allí, pero de ser analista no tiene ninguna posibilidad.”

Volvamos hacia atrás. El saber tiene relación con el goce, por lo tanto el fin de análisis relacionado con el saber tiene que ver con la ética. La ética del acto analítico es lo que permite leer correctamente eso que Lacan llama entusiasmo. ¿Se trata de un afecto o hablamos de otra cosa? ¿Qué es el entusiasmo del fin de análisis? Parece estar relacionado con las dos metáforas que produce un psicoanálisis que llega al fin. Donde había un analizante aparece un psicoanalista y donde había un psicoanalista aparece la causa psicoanalítica. Esta doble sustitución, es decir esta doble metáfora, se da a un mismo tiempo. Si se separan, no hay fin de análisis verdadero. Notemos que, separadas, la primera parte tendría que ver con un análisis interrumpido en un momento avanzado pero sin eso que Lacan llama entusiasmo. El verdadero fin de análisis tiene que ver con la segunda metáfora unida a la primera. Que, podríamos decir, es más estable con respecto al acto.

Hay que radicalizar, entonces, y decir que el horizonte de todo análisis es un psicoanalista que es la superficie de decir que el horizonte de todo análisis es sustituir un psicoanalista por la causa psicoanalítica y, por lo tanto, no hay fin de análisis sin pase.

Creo que se ve la radicalidad de lo que decimos.

Otro ejemplo más. La conclusión que saca Soler en esa parte del libro es esta: «hacer de un afecto como el entusiasmo, más allá del saber adquirido, el signo del analista, es indicar que el Eureka de saber no basta, que está subestimado y que la “insondable decisión del ser” en su contingencia se pone en el candelero. Dicho de otro modo, el deseo del analista –quizá raro, a distinguir además del deseo de ser analista, que le es frecuente– no es para todo analizado.»

En esa insondable decisión del ser está el consentimiento del cual se habla en el testimonio. Pero a esto le falta algo. Primero, decir que ese debe ser el horizonte de todo análisis, aunque no se llegue allí. Pero más importante es lo siguiente: hay que considerar lo incurable. ¿Qué haría analizado del analizante sin el pase? Y esto queda más que claro en el testimonio. Es el acto hacia el pase  lo que termina con el análisis en cuestión. El “se terminó, entonces, el pase” es el motor que lleva al final, pero el final no es “se terminó” sino “el pase” (por eso “el pase, entonces, se terminó.”) Nunca se trató de una ganancia de saber, como dice esta mujer, sobre todo porque hablando así el saber no es saber sino conocimiento. El analizado, para esta frase, es alguien que se conoce más a sí mismo. Pero el saber es goce, y se trata de una nueva relación del sujeto con el goce (hay una clara diferencia entre saber sobre el goce, saber-hacer con el goce y, para peor, saber-hacer-ahí con el goce.) Con el goce, además, incurable. El entusiasmo es esa nueva relación y el pase es la única forma de verificarlo. Por ende, sin pase no hay análisis concluido y, claramente, sin pase no hay analizado, sigue habiendo analizante (por eso las dos metáforas deben ir juntas.) Esta es la conclusión radical a la cual todavía no se llega. Estamos en el umbral. Los que abren camino llegarán a ella, podemos suponer, en algunos años. Sin embargo, se trata de una conclusión lógica desprendida de lo que enseña el psicoanálisis: lo incurable (el psicoanálisis no enseña una cura sino lo incurable.) Repitamosla conclusión lógica que se desprende de aquí: sin pase no hay fin de análisis.

Para terminar podemos extraer un axioma y, al mismo tiempo, una conclusión de todo lo que venimos diciendo: el sujeto natural trabaja para lo incurable y el pase implica poner lo incurable a trabajar para la causa psicoanalítica.

Segundo punto, o segunda enseñanza, que es mucho más explícita en el testimonio, dijimos: lo que menciona Miller acerca del Eclesiastés, es decir, hay un tiempo para la siembra y un tiempo para la cosecha. Esto queda perfectamente marcado en el testimonio en la lógica de las dos interpretaciones (ambas, por supuesto, generadas por el lector, es decir, por el analizante.) Queda claro que sin la primera no habría posibilidad para la segunda. Sin el “debería haberme hablado de eso” no hay posibilidad del “usted ama demasiado a sus fantasmas.” Sin la unión S1-S2 no había posibilidad de separarlos (S1//S2) en un segundo tiempo. Llega al desierto por haber gozado hablando. Esto es lo queTarrab señalaba como “hacia lo real pero con amor por el inconsciente” y que puede decirse “el último Lacan pero a través del primero.” Lo dice el testimonio (página 209): “lógicamente, había que pasar por el inconsciente transferencial para que la segunda interpretación pudiera surgir.” Lo que sostiene esa lógica es, claramente, el acto psicoanalítico en su doble faz señalada en el mismo testimonio: “el acto del analista, necesario al acto del analizante en su pasaje a analista.”

En la página 214 Miller señala muy bien esta cuestión (allí lo del Eclesiastés): “hay un tiempo para gozar de hablar, un tiempo en que gozar de hablar sirve a la verdad –es la condición para acceder a ésta– y hay un momento en que gozar de hablar bloquea, digamos, el acceso a lo real, aunque ha llegado la hora.” Un tiempo para la siembra y un tiempo para la cosecha. Podemos decirlo así: un momento para la verdad y un momento para su fracaso en ceñir lo real. Esos momentos están articulados por el acto psicoanalítico.

Esto tiene que ver con el concepto de ficción y, por lo tanto, con qué hacemos con lo simbólico. El que separa fiction de non-fiction no toma en serio la ficción. Tampoco la toma en serio el que cree que se puede llegar al sinthome sin pasar por el fantasma. El sinthome, que une síntoma y fantasma, no abole esos dos términos por separado. Se trata de un camino que no se puede no recorrer. De síntoma y fantasma al sinthome y retorno. El ahorrarse el trabajo de pasar por la ficción  es como querer volver de la playa sin haber ido primero a ella. Y éste, un poco burdo, es, sin embargo, un buen ejemplo. Porque justamente hay que ir y volver para descubrir que uno está, al final, en el mismo lugar, pero de otra manera.

Desde acá, volvamos por un momento al pase: un día alguien mencionó el famoso libro de Pierre Rey como ejemplo de un psicoanálisis que llega al fin sin generar un psicoanalista (en el sentido de un practicante del psicoanálisis.) La pregunta que se presentaba era, entonces, si había generado un psicoanalista o no. Podemos decir, como se dijo en ese momento, que sí. Pero también podríamos sostener lo de antes y llegar a decir, con toda la fuerza, lo contrario: que un psicoanálisis que no desemboca en el pase no llegó a su fin. Para esto vamos a tomar algo que Miller dijo en 1997: «la finalidad [del pase] es que el desprendimiento de la cura no se concluya por un desprendimiento del psicoanálisis como disciplina, porque hay algo en el funcionamiento del mismo psicoanálisis que amenaza la existencia del psicoanálisis. Hay como una pendiente interna del psicoanálisis que conduce al sujeto fuera de una comunidad analítica.» En este punto tenemos que tratar de anotar algunas cuestiones que nos marcan qué es eso que genera este resultado. Y el esclarecimiento mejor lo encontramos en su reverso. Nos preguntamos qué lleva al sujeto a entrar en una comunidad analítica y encontramos que la respuesta suele ser reconocimiento y brillo. Un psicoanálisis, en ese punto, lleva hacia el otro lado. De hecho lo primero que suelen decir muchos que no llegaron al pase, al hablar de él, es para qué haría el pase alguien que llegó al final del análisis si no le importa ya el reconocimiento. Podemos decir que quien se hace esta pregunta así, ciertamente, muestra que no llegó al pase en la pregunta misma. Volvamos a decir, entonces, que quizá un psicoanálisis que llega a su fin y no desemboca en el pase podría ponerse en duda como terminado. Y que sería conveniente ponerlo en duda. Quizá la conclusión lógica de un psicoanálisis es el pase (y sin el pase no hay conclusión lógica.) Otro párrafo: «en Lacan existía la idea que se podía dejar funcionar el discurso analítico de manera pura pero a la salida tomar de nuevo al sujeto para introducirlo en la Escuela. Es decir, no dejar el saber en un estado de suposición. La cura analítica no puede funcionar si no es con el saber en estado de saber supuesto y eso conduce al analista al desprecio del saber expuesto. En este sentido, la Escuela hace esfuerzos en contra del funcionamiento natural del psicoanálisis.» En este punto tenemos que seguir preguntándonos lo de antes: si en ese funcionamiento natural del psicoanálisis se puede hablar de un final de análisis o si para eso es necesario darle lugar a este esfuerzo que va, de alguna manera, en contra de ese funcionamiento natural o espontáneo. Y agreguemos una cosa más: «la idea de Lacan, para la Escuela, era que daría el paso al saber expuesto. En eso era fundamental su insistencia propia –la de él–de avergonzar al analista por su culto del saber supuesto. Obligarlo en contra de lo más profundo de su posición al saber expuesto.» Y esta es una tarea que debe hacerse todo el tiempo: avergonzar al psicoanalista en su culto del saber supuesto.

Volvamos al segundo punto: no se pueden ahorrar pasos en un análisis. Ante esta cuestión se ponen de manifiesto dos tendencias que siempre entran en tensión (aunque toman distintas formas a lo largo de la historia.) Un psicoanalista, con respecto a esto, hablaba alguna vez de dos tendencias erróneas dentro del psicoanálisis. Decía, además, que son dos tendencias que responden a dos grandes corrientes epistemológicas actuales. A esto le agregamos que no, que no son actuales, que son más antiguas que otra cosa y que nunca cesan de aparearse de ese modo. El psicoanálisis, como él decía, debería estar destinado a abrir una tercera vía media que, sin embargo, no va a extinguir las otras dos vías erróneas porque son, de alguna manera, estructurales. Borges las mencionaba citando a Coleridge: los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Ésas son las dos tendencias y, como se ve, responderán a dos grandes corrientes epistemológicas actuales, pero lejos están de ser novedades.

Cito: «yo destaco dos vías en este debate, cada una relacionada con dos grandes corrientes epistemológicas actuales: la positivista del real sin sentido de la ciencia y la relativista del sentido sin real de la retórica (representada, en especial, por Rorty.) La vía positivista de la ciencia sin sentido lleva a algunos psicoanalistas a desear que el psicoanálisis sea reconocido por los médicos, por los psiquiatras llamados biológicos, por los neurocientistas. Intentan así demostrar, es un ejemplo, cómo en el “Proyecto de psicología para neurólogos” Freud ya entreveía el surgimiento de los neurotransmisores –me remito a la entrevista de Etchegoyen y Miller sobre este punto.

»La vía relativista de la retórica desemboca en la idea de que hay tantos psicoanálisis como psicoanalistas; en la ideología del psicoanalista independiente del final del análisis como final de la transferencia y no de su engaño. En la conceptualización de Lacan en el “Prefacio a la edición alemana de los Escritos”, ha sido tomado por Miller recientemente como que el real del psicoanálisis tiene sentido y coloca al psicoanálisis en una tercera posición entre la ciencia y la retórica. Queda, por lo tanto, la dificultad a nuestro cargo de probar que más allá de la evidencia científica o de la acomodación utilitarista del relativismo, existe algo nuevo que el psicoanálisis ofrece al malestar en la civilización.»

Vamos a notar que al exagerar y tirar por la borda al primer Lacan, es decir al no tomar en serio la ficción, uno se alista sin notarlo del lado del positivista del real sin sentido. Y no es la respuesta buena pasarse, también sin notarlo, del lado del sentido sin real.

Tendríamos que rehacer la frase de Coleridge y decir, aunque luego hubiera que explicar la frase porque cada cual va a entender algo distinto, que los hombres nacen aristotélicos o platónicos pero pueden volverse, por el psicoanálisis, lacanianos. Y hay que entender que no basta decirse lacaniano para haberse vuelto lacaniano, y hasta podríamos decir que la demostración del haberse vuelto lacaniano es el pase y entonces sostener que, lo que vuelve lacaniano, es el final del análisis que podríamos llamar, después de todas estas vueltas, verdadero.

Los seres de ojos negros

Al principio pensé que era un sueño, pero me confundí, me engañé, me defendí de ello como pude.
Tenía que ir a una clase de educación física o a jugar fútbol en un club que yo conocía, actividades típicas de atareado adolescente. Era el club en el cual yo había hecho educación física en el colegio secundario. Yo vivía en una casa bastante lejos de allí, una casa que creí no reconocer. Todo esto servía para mi defensa, para engañarme, para pensar que era un sueño, que yo estaba protegido de todo bajo el calor de las cobijas y en la comodidad de mi cama.
Decidí que podía ir en bicicleta pese a la distancia, al fin y al cabo tenía tiempo para ello. No era cierto, o tenía tiempo antes; a mitad de camino me di cuenta que estaba llegando tarde y que, además, me había olvidado la cadena para atar la bicicleta, así que no sabía qué iba a hacer con ella al llegar. Mientras pedaleaba pensaba mil soluciones posibles, todas inadecuadas y poco convincentes. Estaba por llover y cada vez el cielo se oscurecía más y más. Era plena tarde, pero parecía anochecer por el espesor de las nubes. Yo seguía pedaleando pensando si me convenía volver o llegar al club sin saber bien qué hacer allí con mi bicicleta.
Al llegar a una esquina vi una camioneta parada justo en el medio de la calle. El hombre que estaba dentro de la camioneta observaba atónito la pantalla del tablero de la camioneta en la cual se reproducía lo que estaba captando la cámara que llevaba en ella. La cámara apuntaba al cielo. Traté de espiar la pantalla que miraba absorto el hombre. Entreví el cielo. Entendí que me convenía levantar la vista y mirar directamente hacia las nubes con mis propios ojos. Hubiera sido mejor seguir mirando la pantalla. La mediación que ella implica me protegía. Las nubes eran distintas a todas las nubes que había visto antes. Parecían el humo de una explosión o de muchas explosiones juntas. De repente, un lugar en el cielo me llamó más la atención que los otros. Las nubes en ese punto se movieron como se mueve el agua cuando ocurre un estallido bajo ella. Un sacudón o un estremecimiento súbito y vuelta al mismo lugar. Inmediatamente después, en ese mismo punto, vi algunas cosas incomprensibles: parecía verse un automóvil enorme o el dibujo de un automóvil enorme, después una especie de periódico también enorme y luces que se encendían y apagaban; luces, no lámparas, sólo las luces. Otra vez me convino pensar que soñaba hasta que el hombre de la camioneta habló: “se terminó”, dijo. Cuando habló dejé de mirar el cielo y ya no volví a mirarlo, lo miré a él y vi cómo arrancaba la camioneta y partía hacia ningún lado. ¿Dónde iba a ir? Yo pensé lo mismo, pensé en escapar, pero, ¿a dónde? Y es en ese preciso momento que se hace un hueco en mi memoria.
Ya no estaba en mi bicicleta ni estaba yendo al club. Ya no sabía dónde estaba y sabía solamente que debía escapar para sobrevivir. Sabía que estaba cerca de una playa. La veía. Por lo que pude entender después, eso que se vio en el cielo fue el inicio de un ataque extraterrestre cuyo resultado fue los seres de ojos negros. Los humanos se infectaron con un virus o algo que los convirtió en unos seres que lo único que buscan es morder a otros seres. El virus, por supuesto, parece propagarse por la mordida. Una forma del famosísimo apocalipsis zombi pero sin zombis sino con los seres de ojos negros. Es que los ojos de los humanos infectados son completamente negros, sin partes blancas. Hay que verlos para entender su inhumanidad. Yo no sé por qué no estoy infectado, sólo sé que debo escapar porque quieren morderme. Pero no debo escapar solamente de ellos: hay leones y otras fieras que quieren devorarme. No volví a ver a otro humano no infectado después del hombre de la camioneta y del hueco de mi memoria. Ese hueco en la memoria me abruma. Intento pensar cómo llegué a esta situación y no consigo nada más que vacío. Pero, de todas formas, no tengo demasiado tiempo para pensar: están las fieras que quieren comerme y, sobre todo, los seres de los ojos negros que son muchísimos y, aunque no quieren comerme, sí quieren morderme e infectarme. Son frenéticos. Tengo que encontrar un lugar aislado, un lugar que los hombres, antes del ataque extraterrestre (o lo que fuera que ocurrió aquel día), no solieran frecuentar mucho. Tengo que alejarme de toda ciudad, de todo vestigio de lo que era la vida humana.
Al ver la playa tan cerca pensé en ir hacia el mar, pero no supe bien qué ganaría con ello. Me alejé, entonces, de la playa, sin rumbo preciso. Mala elección, pues después de pocos minutos me encontré con un león que me persiguió con hambrienta furia. Al intentar escapar de él ciegamente, caí en una profunda grieta que no llegué a ver. Me golpeé con fuerza y me desmayé.
Al despertar lo primero que pensé es que había soñado todo. Pero estaba allí, en el fondo de la grieta, y el engaño defensivo de imaginar que soñé o que sueño ya no surtía más efecto. Ocurrió todo como lo recuerdo y nada gano con negarlo. Incluso ocurrió todo como NO lo recuerdo. Es decir que también ocurrió el hueco de mi memoria. Pero rápidamente vi que mi caída fue una verdadera suerte. Estaba en un lugar perfecto para mantenerme alejado de las fieras y, sobre todo, de los seres de ojos negros que intentan morderlo todo. Había allí (es decir, hay aquí) todo lo necesario para mi sustento salvo, quizá, agua fresca, pero sólo debía esperar que proveyera la lluvia y todo era cuestión de saber recolectarla y aprovecharla. Era un buen lugar, una tierra virgen no arruinada por los hombres, pero tampoco plagada de peligros naturales. Ni hombres (es decir, eso en lo que los hombres se han convertido), ni fieras voraces. Sin embargo, hay que ser precavido, así que debí planear y preparar una vía de escape en caso de un ataque de fiera o ser de ojos negros. Mientras lo hacía me preguntaba todo el tiempo si habría otros como yo, otros hombres que, por el azar que fuera, no han sido infectados y que buscan con el mayor ahínco la soledad más absoluta. El agujero en mi memoria me espoleaba más y más (me espolea más y más). ¿Qué había pasado ese día en el cielo y por qué no volví a ver nunca un ser humano que no se hubiera convertido en un ser de ojos negros? ¿Por qué yo seguía siendo fundamentalmente el mismo, salvo por el agujero en mi memoria? ¿Cómo sobreviví desde que pasó lo que pasó hasta que tuve que vivir escapando de humanoides y fieras? La última pregunta se dirige al centro mismo del agujero en mi memoria y, por eso, está destinada a ser vana.
No pasó demasiado tiempo hasta que mi vía de escape se volvió útil. Otra vez un león. Para huir sólo tenía que atravesar un túnel que construí con ramas, hojas y barro, trepar por una especie de escarpada ladera con árboles y luego me ponía a salvo cerrándole el paso a quien me siguiera con un rústico obstáculo que fue muy fácil construir y que resultaba tremendamente efectivo. Hice lo que debía hacer y el león, ante el obstáculo, desistió y prefirió buscar presas más fáciles. Sólo me faltaba comprobar cómo funcionaría el artilugio de escape ante uno de los seres de ojos negros que suelen ser muchísimo más porfiados.

*

No pasó demasiado tiempo tampoco para ello, pero fue, y es, atroz. El hueco en mi memoria, que me espoleaba y me hacía sufrir y no me dejaba tranquilo siquiera un momento, era distinto de lo que yo creía. Y lo descubrí de la peor de las maneras, si es que hay acaso alguna manera que pudiera ser mejor.
Lo vi desde lejos. Él no me vio. Yo ya había vivido escenas similares muchas veces (o eso creía recordar junto a todo lo que no recordaba). Era todo cuestión de tiempo. Primero husmeaba, tanteaba, pero en cuanto me veía se despertaba en él el frenesí y el vértigo. Ocurría al mismo tiempo. Verme y empezar a correr alocadamente hacia mí eran la misma cosa. ¡Y esos ojos indescriptibles, esa negrura inexpresiva llena sólo de inexplicable voracidad sin sentido! Aunque no era voracidad. Voracidad era la de los leones y las otras fieras. La de ellos era sólo la voluntad de morder e infectar. ¿Infecticidad? ¿Mordacidad? No. Mordacidad es palabra que existe y quiere decir otra cosa. No hay palabra existente para esa única voluntad de mordida como tampoco la hay para la inexpresividad inhumana de los ojos completamente negros de los seres de ojos negros.
Lo vi, entonces, y me apresté a emprender la fuga hacia mi planeada vía de escape. El éxito se basaba todo en la rapidez y la anticipación, y yo contaba con la ventaja de que todavía no me había visto. Corrí alocadamente, casi como ellos, pero por eso mismo fui torpe y entonces hice demasiado ruido y llamé su atención. Él me vio por mi propia culpa. Atravesé el túnel de un tirón, trepé, activé la trampa, generé el obstáculo. Previendo su terquedad fui más allá que con el león y activé la segunda trampa, preparada especialmente para los seres de ojos negros, pero la trampa falló y me aterré. Esa segunda trampa era mi seguridad, así que presa del terror tuve que ir más allá todavía, trepar todavía más y más. En un frenesí parecido al de ellos seguí trepando casi hasta el borde de la gran grieta en la cual había caído por azar. Y tan entregado al frenesí del escape estaba que no me di cuenta de lo más notable: él no me perseguía como los otros. Eso lo entendí sólo cuando llegué casi al borde de la grieta. Miré hacia abajo y hacia atrás y lo vi ahí parado, observándome. Vi, además, lleno de sorpresa, que llevaba una especie de palo de madera que me pareció algo así como una lanza. Jamás había visto que los seres de ojos negros fabricaran herramientas; su única herramienta, completamente efectiva, era su mordida infecciosa que era, a la vez, su único propósito. La sorpresa primera se convirtió súbitamente en esperanza cuando se me cruzó por la cabeza que quizá había encontrado a otro como yo, otro sobreviviente no infectado. Lo miré fijo a la distancia. Me separaban de él unos trescientos metros, así que no veía los detalles, sólo veía que no me perseguía como los otros. Lo miré fijo con esperanza desconfiada. Él no se movió. A lo lejos me pareció que su rostro era distinto, más humano, menos vacío que el de los seres de ojos negros, pero estaba demasiado lejos para estar seguro. Pensé que podía ser el engaño de mi esperanza, el último de los males, como habíamos sabido siempre hasta el día de la invasión o del ataque. Ceder a lo que me dictaba la esperanza podía ser un error fatal, así que esperé un largo rato antes de atreverme a algún movimiento distinto a la huida. Durante todo ese tiempo él sólo se mantuvo en su lugar, quieto y, al parecer, observándome. En ese punto tenía dos opciones: trepar hasta lo más alto de la grieta y abandonar mi refugio con la esperanza de encontrar otro lo antes posible; o suponer que él era otro no infectado, que era un humano como yo, y buscar un aliado en pos de la supervivencia. Para eso debía acercarme y hablarle.
Tardé en tomar la decisión, pero pudo más la curiosidad y la necesidad de descanso en tan interminable huida. Pensé que si encontraba otro sobreviviente me serviría también para llenar el hueco de mi memoria que tanto me agitaba (sobre todo de noche, cuando soñaba algo entre sobresalto y sobresalto). Descendí un poco, muy poquito, y desde allí le grité mi nombre y le pregunté el suyo. Estaba muy lejos todavía, pero yo estaba casi seguro que, si era un hombre, desde allí podía llegar a oírme.
No me respondió, pero yo tuve casi la certeza que me oyó. Creí ver que mi voz fue, para él, como una sacudida, que ella le había llegado y lo había hecho vibrar. Creí ver algo así como un estremecimiento. Desde tan lejos, por supuesto, no podía estar seguro de algo tan sutil. Tal vez el que se estremeció fui yo mismo al creer ver que mi voz parecía causar en él algún efecto. Con los seres de ojos negros las palabras valían lo mismo que el viento; ellos sólo querían morder y no prestaban atención a ninguna palabra que uno pudiera pronunciar. Era peor que eso, pues ellos mismos no emitían el menor sonido: ni un grito, ni un gruñido, nada de nada. Eran una pura mordida silenciosa acompañada por esos ojos totalmente negros e inexpresivos. El silencio y los ojos negros eran una conjunción sin igual: el horror más horroroso sin ningún sentido. Pero era claro que este otro era distinto, o yo creí percibir algo distinto en él. Lo único cierto es que debía acercarme todavía más para poder sacar conclusiones.
Vacilé un poco, pero al final decidí acercarme con cautela. Descendí unos cuantos metros, ya no me encontraba casi en el borde de la grieta. Estaba casi a la altura de la segunda trampa, la que falló y la más importante. Yo no dejaba de vigilarlo y él parecía seguirme con la mirada, pero sin frenesí y sin vértigo. A esa altura me detuve y volví a hablarle. Él reaccionó ante mi voz, esta vez no había casi lugar para las dudas. Eso me dio coraje y descendí un poco más rápido, llenándome cada vez más de esperanzas. Era casi seguro que había encontrado otro como yo, otro no infectado.
Descendí casi hasta la primera trampa, la de los leones y estuve allí a la distancia justa para verle los ojos. Quedé paralizado, no supe qué hacer. No entendí qué ocurría. Me llené de dudas y de posibles explicaciones, ninguna de ellas satisfactoria o convincente. No era un ser de ojos negros, no tenía los ojos completamente negros e inexpresivos de los mordedores, pero tampoco tenía ojos como los míos, tampoco tenía ojos humanos. Eran ojos casi humanos, ciertamente expresivos, con sus partes blancas y sus partes de color, pero no eran ojos exactamente humanos. Estaban, si se puede decir así, casi al revés. El iris, la parte de color, estaba en la parte externa del globo ocular y no en el centro. Me explico (es que es inexplicable e indescriptible): el ojo derecho, en vez de tener el iris en el centro del ojo, rodeado por las partes blancas, lo tenía en el extremo derecho, como si dijéramos “hacia afuera”. Y lo mismo ocurría con el ojo izquierdo, que también estaba “hacia afuera”. Su rostro, de esa manera, parecía mitad humano y mitad otra cosa. Parecía tener una mirada de ciervo o de caballo pero en un rostro, por lo demás, enteramente humano y tan expresivo como los rostros humanos que pululaban por el mundo antes del ataque. Estábamos tan acostumbrados a esos rostros humanos y a sus expresiones que no parábamos mientes en su expresividad, se nos volvían cotidianos y, por eso mismo y en el extremo, hasta anodinos… y sin embargo, ¡son tan raros! Y su rostro, con esos ojos, era más raro todavía.
Quedé paralizado sin saber qué hacer hasta que decidí hablarle de nuevo. “Me llamo Alfredo”, dije. “O me llamaba”, pensé. Hubo un segundo de tensión hasta que él también habló. Me dijo algo que no entendí con una voz enteramente humana. Vi que lo que llevaba en la mano era efectivamente una especie de lanza rudimentaria y que vestía una rara prenda de piel que le cubría los genitales. Iba con el torso desnudo, como yo, por otra parte, y como los seres de ojos negros.
Vacilé más que antes, sobre todo por esos ojos. Sin embargo, me acerqué un poco más. Vi con mayor claridad sus ojos de ciervo en su rostro de hombre. Esos ojos extraños lo deshumanizaban un poco, aunque ese poco se convertía para mí en un gran mucho enorme.
Había hablado, no obstante; o por lo menos había emitido sonidos que parecían articulados con una voz enteramente humana. Además su rostro era expresivo, no como el de los seres de ojos negros, pero esos ojos de ciervo eran para mí enteramente inquietantes.
–Los ojos –dije.
Él no me respondió quizá porque no me entendió. No hizo gestos ni se inquietó por no entenderme si es que efectivamente no me había entendido. Eso me hizo dudar más todavía. Retrocedí un poco. Entonces él, de repente, volvió a hablar.
No lo entendí y se lo dije. El malestar que me generaba no entender crecía exponencialmente.
–¡No entiendo!
Se lo dije también en inglés, en italiano y en francés. Quise recordar cómo se decía en latín pero no pude. Él no me respondió, pero vi entonces que él también me miraba a mí con mucha curiosidad. Yo estaba tan atrapado en mi incertidumbre que no lo había notado antes. Eso me volvió a dar coraje y me acerqué un poco más. Desanduve los pasos que había retrocedido y me acerqué varios metros más todavía. Vi una piedra puntiaguda en el suelo y la levanté. Con ella podría defenderme. Él, sin embargo, no parecía querer atacarme. Ni siquiera le importó que yo levantara la piedra, como si no concibiera un ataque mío hacia él.
Bajé entonces un poco más. De repente me hizo un gesto y yo me detuve. Pareció señalarse los ojos y dijo algo que otra vez no entendí, algo así como “glishalcorserlash”. ¿Y ése qué idioma era? Me quedé quieto un rato largo, con mi piedra en la mano y sin saber si me convenía acercarme más o emprender de nuevo la huida hacia arriba. Durante todo ese tiempo, él me miró con curiosidad con esos extraños ojos. Su gesto no era para nada estúpido. Traslucía una curiosidad genuina, inteligente y, al mismo tiempo, bonachona; parecía ayuna de toda voluntad de mal. Era, en algún punto, todo lo contrario que los ojos completamente negros de los seres de ojos negros que eran algo así como pura voluntad de mal sin sentido. Él parecía no querer nada de mí salvo, quizá, entender mi naturaleza que, al parecer, despertaba en él algo que yo no pude descifrar. Era una especie de fascinación sin inquietud que parecía provenir de lo más profundo de él.
–Quiero acercarme, pero desconfío –dije– tengo miedo.
Su rostro sufrió una especie de transformación.
–¿Miedo? –dijo, con claro tono de pregunta.
Lleno de sorpresa dije entonces que sí. “¡Miedo, sí, miedo!”, dije.
Él miró entonces hacia arriba con sus extraños ojos, hacia el cielo que estaba casi todo azul con unas pocas nubes blancas y pequeñas. Por una especie de reflejo yo lo imité y también miré hacia el cielo y después lo miré sin entender. Él me miró casi de la misma manera, salvo por sus ojos de ciervo. Su expresión, de nuevo, no traslucía ni un dejo de estupidez. Era casi seguro que me entendía tan poco como yo lo entendía a él, pero su no entender era enteramente inteligente y tranquilo. Yo, en cambio, me inquietaba con ello.
–Miedo slinc –dijo, o “miedoslink”, y señaló el cielo. Después me sonrió.
–No entiendo –dije– Hablo castellano, o parlo italiano, o I can speak english.
–¡Glish! –dijo, entusiasmado.
–¿Glish? –dije– ¿English?
–Slinc, glish –dijo, y cerró los ojos para después tapárselos con las manos.
Después de ese diálogo fallido, pero diálogo al fin y al cabo, decidí acercarme del todo. No quedaban dudas que ese hombre no era un ser de los ojos negros. Parecía un hombre como yo, salvo por los ojos, por el idioma y por algo más que yo no supe descifrar en ese momento. Para acercarme más tenía que pasar por el túnel que construí con ramas, hojas y barro. Eso me generaba un problema, porque al atravesar el túnel lo iba a perder de vista por un tiempo. Pero ya no podía retroceder. Estaba allí ante ese hombre tan extraño y hasta había alguna posibilidad de liberarme del agujero de mi memoria que tanto me espoleaba. Parecía digno de mi confianza y hasta pensé, con esperanzas renovadas, que con el tiempo podíamos llegar a entendernos.
Decidí aventurarme por el túnel de escape que había construido. Cuando saliera por la otra punta, treinta metros más allá, nos encontraríamos cara a cara y él tenía su lanza, pero yo tenía mi piedra y la fortuna que me había permitido sobrevivir todo ese tiempo. Creí que no tenía casi nada que perder y comencé a caminar lentamente, aunque apresuré el paso casi sin dudarlo. Cuando llegué a cinco metros de la salida, con gran cautela, casi cobardemente, me detuve en seco, como si esperara la emboscada artera de un enemigo traicionero. Me preparé entonces para encontrarme con el hombre ojos de ciervo y levanté la mano con la piedra preparada para reventarle el cráneo. Desde afuera, de repente, él comenzó a hablarme, como si quisiera tranquilizarme con sus palabras en mi travesía por el túnel. Y de hecho logró tranquilizarme, porque al escuchar su voz enteramente humana yo podía adivinar con exactitud dónde se encontraba y perdía así el temor a la traicionera emboscada. Me pareció que entre las palabras que pronunció estaban luz y noche o broche o coche (las sílabas o-che estaban seguro). Me relajé un poco y bajé el brazo armado con la piedra, aunque la conservé y apreté fuertemente con mi mano.
Me atreví al fin a salir del túnel y, otra vez, quedé paralizado por la sorpresa. El hombre de ojos de ciervo, al parecer, no hablaba para tranquilizarme, sino que hablaba con otros hombres y mujeres que estaban con él y que yo no había percibido antes. Todos ellos me miraban con la misma curiosidad inteligente y parecían intrigados sobre todo por mis ojos. Los ojos raros no eran los del hombre ojos de ciervo. Los ojos raros eran los míos. Todos ellos, hombres y mujeres, tenían los ojos iguales, ojos de ciervo, como los llamé, pero que no eran ojos de ciervo sino esos inexplicables ojos “hacia afuera” que intenté describir.
Me hablaron. No entendí. Les hablé y no me entendieron. Todos ellos vestían esas extrañas prendas de piel (que no eran ni un pantalón ni una pollera ni un taparrabo) y andaban con el torso desnudo, tanto los hombres como las mujeres. Y yo estaba con el torso desnudo y con mis raídos jeans y mis desgastadas zapatillas. Salvo por las prendas de vestir y por los ojos, nos parecíamos, pero no nos entendíamos.
–Seid miedo glaserring –dijo el hombre ojos de ciervo, es decir el primero de ellos, el único que yo vi cuando huí hacia lo alto de la grieta.
Los otros hicieron con la cabeza una especie de gesto de negación, moviéndola de lado a lado. Uno de ellos miró al cielo como lo había hecho antes el hombre ojos de ciervo.
Una mujer se me acercó y me miró directo a los ojos largamente. Creí entrever una especie de fascinación tranquila como había percibido antes en el otro. Sentí una especie de bondad extrema en su mirada.
–Glish grinver –dijo de repente.

*

Estuve en lo cierto. De a poco nos fuimos entendiendo. Sirvió para ello que yo me atreviera a hablar más y más, sobre todo con la mujer que me había mirado largamente a los ojos aquél día. Me hizo sonreír descubrir qué quería decir miedo para ellos. Y no había oído mal cuando creí escuchar las palabras luz y coche.
Resulta que miedo es, para los hombres ojos de ciervo, cielo nocturno o cielo oscuro. Por eso había ocurrido lo que ocurrió en aquel fallido diálogo inicial con el hombre ojos de ciervo. Glish es ojos, y grinver es verde. La mujer que dijo “glish grinver” se refería a mis ojos verdes. Todos ellos tienen los ojos oscuros, además de tenerlos “hacia afuera” y lo verde de mis ojos les llamó la atención mucho más que la centralidad de mis iris y mis pupilas.
En el pueblo de los hombres ojos de ciervo encontré, primero, seguridad y cobijo, aunque luego encontré mucho más. Es que, espoleado siempre por el agujero de mi memoria, quise encontrar respuestas y, mientras aprendía su idioma, encontré también la posibilidad de descubrir la profundidad verdadera de ese agujero de mi memoria que es, en realidad, un enorme abismo. Junto con mi abismo encontré también mi profesión, que es el resultado del desesperado intento por construir un puente imposible sobre el abismo inexpugnable de mi memoria. El enigma mayor es, por supuesto, cómo sobreviví durante tanto tiempo. ¿Qué fue lo que me permitió estar hoy en el mundo de los hombres ojos de ciervo? Iba en mi bicicleta y, de repente, aquí estoy, reconstruyendo mi historia con los fragmentos que encuentro en el mundo de los hombres ojos de ciervo. Y esa reconstrucción me abruma tanto como el abismo de mi memoria. Intento sortear un abismo y encuentro un abismo más profundo. Es esa, quizá, la maldición de mi humanidad.
Ocurre que el ataque extraterrestre con el cual mi abismo comenzó no sé si fue un ataque extraterrestre pero sí sé que ocurrió hace exactamente seiscientos dieciocho años. Ocurrió el estallido en el cielo que recuerdo con tanta claridad y ocurrió que a causa de ese estallido los hombres se convirtieron en los seres de ojos negros. El agujero que yo creía entrever en mi memoria es, en realidad, un doble agujero. No sé por qué no me infecté de entrada, no sé por qué no me convertí en un ser de ojos negros. Luego tuve que sobrevivir escapando de los mordedores, y eso sí lo sé. Me ayudó mucho la fortuna, extrañamente, y sobreviví. Pero ello no ocurrió de inmediato. Quizá ya habían pasado decenas de años desde el ataque hasta que desperté cerca de la playa, y hay allí un hueco que jamás podré llenar. ¿Qué fue lo que pasó en ese tiempo y dónde estuve? No lo sabré nunca. El segundo abismo está en el día en el cual caí en la gran grieta tratando de escapar del león. Caí y me desmayé. ¿Cuánto tiempo pasó? No lo sé ni lo sabré nunca. Estuve allí abajo durante meses temiendo inútilmente la aparición de los seres de ojos negros. Ellos ya no existen y sus descendientes son, por supuesto, los hombres ojos de ciervo. Los hombres ojos de ciervo son lo que queda de los hombres después de pasar por los seres de ojos negros. Los hombres ojos de ciervo son los humanos infectados y curados de la infección. El pasaje por la infección no sólo les ha dejado los ojos de ciervo, todos oscuros (no hay ojos de ciervo verdes ni hay ojos de ciervo azules). En cierto modo también los ha purificado pues les ha quitado lo peor de los hombres. No hay en ellos, como supe entrever aquel día, codicia, ni mezquindad, ni egocentrismo extremo, ni concupiscencia, ni perversidad, ni maldad alguna. Sí hay deseo, y no lo temen ni se detienen ante él. Esto no quiere decir que para ellos fuera todo color de rosa, pero el hombre no es lo que era y me parece entrever que el cambio fue para mejor. Es como si el hombre, para liberarse del horror mudo y sin expresión que había en los ojos completamente negros de los seres de ojos negros, hubiera tenido que convertirse enteramente en ellos. Es como si el hombre se hubiera tenido que convertir en eso para liberarse de eso mismo. ¿Y ello por qué ocurrió y cómo? No lo sé. Mi mejor hipótesis es la del ataque extraterrestre, pero es una hipótesis endeble. No hay vestigios de ningún ataque, sólo huellas de la existencia de los seres de ojos negros que yo conocí en carne y hueso. Las huellas me permiten saber sólo una cosa: los hombres se han curado. Incluso se curaron de Babel. Su idioma es una mezcla extraña de todos los idiomas anteriores. Yo intento reconstruir el pasaje de una cosa a otra, pero hay siempre un eslabón perdido, como lo había antes. Descubro pequeñeces. Por ejemplo, en algún momento al cielo nocturno lo llamaron miedo, con esa palabra castellana, y allí quedó. ¿Cómo, por qué, quién? No lo sé ni lo sabré. El cielo diurno se llama sáin, que recuerda vagamente al sky inglés. Ejemplos así hay por todos lados, pero ellos no me permiten responder las preguntas fundamentales. Es casi una vana descripción de lo que hay más que una explicación de por qué hay lo que hay.
Encontrar los rastros arqueológico-lingüísticos de los hombres ojos de ciervo consume casi todo mi tiempo. Es, de alguna manera, tratar de encontrarme a mí mismo. Y es vano. Pero hay en esa actividad un alivio. Porque hay en el encontrarme a mí mismo una trampa enorme. En los peores momentos hasta llego a pensar que ya me encontré. Si detengo mi trabajo, me encuentro y, entonces, estoy perdido en serio. Por eso me detengo muy poco y sigo y sigo y sigo. Casi con el mismo frenesí y el mismo vértigo que embargaba a los mordedores.
Es que cuanto más intento construir un puente sobre el abismo de mi memoria más entiendo que el abismo soy yo mismo. Soy el único infectado en serio. Soy la grieta. Soy el inexplicable resto del virus anterior al virus. Soy el eslabón perdido que nunca debería encontrarse. Y si me detengo entiendo que debería suicidarme por el bien de ellos, por el bien de este mundo mejorado hasta el infinito. Pero sé que ya es tarde… ya es demasiado tarde. La mujer ojos de ciervo que aquel día quedó prendada de mis extraños ojos, la que dijo “glish grinver”, es la madre de mis dos hijas de ojos verdes y humanos.
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Somos sólo mujeres o un ejemplo que ofrece el cine

La forma en la que muchas veces se acercan los psicoanalistas a las otras artes implica un error que borra los límites entre éstas y, por lo tanto, las desdibuja, impidiendo con ello toda posibilidad de decir algo interesante. En la actualidad ocurre, sobre todo, con esa forma de arte relativamente nueva, que se nutre, ciertamente, de otras formas de arte anteriores a ella. Tanto se nutre de otras formas de arte anteriores que alguien ha señalado que ella incluye a esas otras formas de arte en una especie de síntesis superadora. Esa lectura es un error. No hay ninguna síntesis superadora, y eso se puede observar en las confusiones que se generan a la hora de reflexionar sobre las enseñanzas que nos dejan ésta o aquélla película. Hablamos, por supuesto, del que se ha dado en llamar séptimo arte.
El cine genera un problema fundamental que radica en la sobrevaloración actual de la imagen. Y en esa sobrevaloración incurre la mayoría de los que reflexionan sobre las películas, sobre todo cuando lo hacen desde el psicoanálisis. El mismo que habló de síntesis superadora dijo que, a la literatura, el cine le agrega la imagen. La pregunta que surge rápidamente es cómo será que lee, cómo será el acceso que él tiene a la literatura. ¿Será que si leyera La isla del tesoro de Stevenson él accederá sólo a la sucesión de palabras que sus ojos ven impresas en la hoja? La sobrevaloración de la imagen efectiva, la que entra por los ojos, marcha pareja con la desvalorización de la palabra. Ambas son directamente proporcionales. Para un psicoanalista, después de Lacan, esa desvalorización de la palabra es, por lo menos, problemática. Desde allí, las puertas se abren a toda posibilidad de despeñaderos.
Hace poco dos personas, psicoanalistas ellas, posteriores a Lacan, que se declaran lacanianas a rajatabla, militantemente, sostuvieron que Lacan, a través de las obras de los artistas, se metía con las vidas de éstos. Que Lacan, en una palabra, psicoanalizaba las obras de los artistas y, con ello, psicoanalizaba a los artistas mismos. Es claro que se trata de una lectura tendenciosa que busca justificar, a través del nombre de Lacan, la propia forma de acercarse a las obras de arte. Esto ya constituiría, por sí mismo, una falacia. Sin embargo, el error es doble.
Estas mismas personas consideran que las palabras de Miller son ley. Quizá lo hacen con razón, ya que Miller es el lector de Lacan por excelencia. Podríamos usar incluso la categoría del lector ideal. (De modo análogo, Barenboim es el lector de Beethoven, quien mejor extrae la lógica de su música, es decir, la poesía). Y de hecho es sólo a través de la lectura de Miller que algunos consiguen leer a Lacan. Y Miller debería desautorizar la otra parte del error que cometían, como claramente se lee en la página 137 de Piezas sueltas: «Lacan no estaba persuadido de que pudiera efectuarse la operación psicoanalítica a partir de obras. Nunca hizo, en la menor medida, psicoanálisis aplicado, y menos a la literatura». Es que, mejor que sostener que Miller es el lector ideal de Lacan, es tratar de explicar por qué ello es así. Y es así, fundamentalmente porque Miller extrae la lógica de la enseñanza de Lacan, y ello implica saber subrayar lo que permite relanzar al psicoanálisis una y otra vez, es decir, reinventarlo todo el tiempo (como todo el tiempo hay que reinventarlo ante quien consulta).
Pero, para peor, hay otro error análogo. También hace poco, quizá incluso el mismo día, leí que alguien se esmeraba en escribir algo que ya le había oído decir a otros: que tal o cual director de cine o escritor “debe haber leído a Lacan”. Una zoncera semejante sería considerar que Sófocles leyó a Freud. Y no es error y zoncera por la mera imposibilidad temporal que ello entraña. Es mucho más complejo que eso. Agreguemos, además, que cada vez que alguien leyó a Lacan o a Freud o a quien fuera, y trata de crear una obra de arte a partir de esa lectura, los resultados suelen ser de una aplastante mediocridad (como siempre que la obra de arte responde a las intenciones del autor -cuando no responde, en cambio, surgen obras de arte pese a esas intenciones: paradigmas de esto son El Quijote y el Martín Fierro). Extrañamente, la creencia en el cálculo total está diseminada también entre quienes deberían saber que cuanto más se calcula el tiro, más se alejará del blanco. Otro día, alguien presentó un caso clínico en el cual había ciertos cambios innegables en el analizante y ellos mostraban, a las claras, cómo a través de lo simbólico se puede tocar el cuerpo. Entonces, ante las intervenciones del psicoanalista, otro, que en ese momento formaba parte del público, sin que nos interesaran los motivos de ello, le señaló que había un punto que parecía pretencioso y preguntó: “¿estuvo calculada esa intervención?”. Sin comparar al psicoanalista con Cervantes, sí podemos decir que la pregunta es tan estúpida como preguntarle a Cervantes si calculó el impacto que El Quijote iba a tener en la literatura. Hay algo que no se puede calcular, pero también hay un momento clave en el cual es necesaria una intervención. Y no hablamos solamente del psicoanálisis, aunque en él esto es más que claro. Seguramente Cervantes sintió, de alguna manera, que debía escribir el Quijote , incluso sin saber de antemano qué sería el Quijote una vez terminado. Sintió que debía escribir.
A estos dos errores análogos se suma uno más, relacionado, sobre todo, con la lectura que suelen hacer los psicoanalistas del cine. No ocurre de la misma manera con la literatura. Cuando es hacia los libros que tienden, suelen caer en el error mencionado antes y leer al autor en la obra (en el peor de los casos leen la vida del autor en la obra, la vida S1 en la obra S2). Con el cine ocurre algo distinto, como si la dimensión de la imagen les hiciera olvidar que las obras cinematográficas también fueron escritas por alguien. El error, sin embargo, está en otro lugar, y se trata de reducir toda una película a una lectura que puede hacerse, por ejemplo, en una escena singular de ella. Así, el resto de la película entra allí a la fuerza, traída de los pelos o metida en el cajón de la lectura a las patadas. Maltrecha, de todas formas, la película se deja hacer y pocos o ningún quejido profiere.
En este caso, la lectura de la película de von Trier que me interesa se reduce a la escena final. Desde allí, de todas formas, se podría llevar a la película toda sin hacerle demasiado daño y sin forzarla del todo.
Partamos de algo que señaló alguien alguna vez. El hombre, poeta, dijo que las películas apocalípticas, particularmente las producidas en Hollywood, adolecen siempre del mismo defecto: retroceden justo cuando están por llegar al punto cumbre de lo apocalíptico. Esbozan ese punto, a veces más, a veces menos, pero, en última instancia, todas retroceden. En los últimos años existieron varios ejemplos de ello: el más burdo es Señales, protagonizada por Nicolas Cage. Otro ejemplo es El día que la tierra se detuvo, que es además, ejemplo de los tiempos que corren, pues se busca cada vez más ganancia sin riesgo (y Hollywood no quiere arriesgar en la taquilla), ejemplo de los tiempos que corren, entonces, porque es remake.
Hay una extraña excepción: Seeking a friend for the end of the world, del año 2012. Es, en un aspecto, la Melancholia norteamericana, pero con cierta particularidad fallida que la hace soportable en la tierra del norte. El mismo desenlace, quizá los mismos anudamientos trágicos y los mismos embrollos edípicos, pero salpicados, por todos lados, por toques de comedia. La pregunta mejor es la más sencilla: ¿qué papel desempeñan esos toques de comedia en la película? La primera respuesta que nos asalta es que atemperan el carácter insoportable de lo irreparable de la tragedia. Toque de comedia fallidos, por otra parte, pues no bastan para borrar el efecto trágico de lo caprichoso del destino sin resurrección que ocurre al final. En el diálogo de los protagonistas esto queda plasmado con todas las letras: se pregunta uno de ellos por qué no se conocieron antes, y la respuesta que encuentran es que no podía haber sido de otra manera. Lo caprichoso del destino humano hacía que estuvieran destinados a no durar. Un no durar apocalíptico, sin resurrección, un destinados-a-no-durar con todas las letras. A uno de los personajes lo reconforta morir feliz, pero al espectador eso no le basta. Al final, la relación de la película de von Trier titulada Melancholia con esta otra Melancholia norteamericana titulada Seeking a friend for the end of the world es análoga a la relación que existe entre el psicoanálisis verdadero, el descubrimiento de Freud, y el psicoanálisis norteamericanizado, la ego psychology.

collage-melancholia
En síntesis, cuando la película debe enfrentarse con la inexistencia del Otro, retrocede, lo saca de la galera y evita la angustia que tanto aborrece la mirada hollywoodense. La angustia y la taquilla no van de la mano, ciertamente.
Melancholia. Entremos sin anestesia. Hay una escena, cerca del final de la película, en la que se ven unos bichos que, quizá presintiendo la aniquilación, brotan de la tierra casi a borbotones. Allí se muestra lo real crudo una vez que se deshicieron los semblantes. Es la conclusión de lo que le ocurre a la protagonista (con sus pasajes al acto). En este punto comienza una recomposición del semblante que, afortunadamente para la película, no desemboca en el pase mágico de sacar al Otro de la galera.
Esa recomposición del semblante antes del final ocurre entre los personajes de la tía y el sobrino. Ellos reconstituyen la pantalla sosteniendo el semblante de la cueva mágica (sabiendo que no hay ninguna cueva mágica pero que sí hay porque, justamente, funciona como pantalla). Y funciona para ellos dos. La hermana de la protagonista, la madre del niño, queda fuera, y ello se ve en la última escena, justo antes de la aniquiladora colisión de planetas, cuando ella suelta las manos de los otros dos y se rinde a la desesperación.
Hay una dualidad entre la decisión femenina y el retroceso histérico que cede al “no quiero saber nada de ello”. En Melancholia esa dualidad está figurada con claridad en la relación entre las dos hermanas, una que no quiere saber nada y la otra que sabe demasiado. Esa dualidad, siempre representada con figuras femeninas, es la relación paradójica que tenemos los seres hablantes con el saber. Sabemos más de lo que querríamos saber pero, al mismo tiempo, sabemos demasiado poco como para hacer algo con ese exceso de saber.
En Oblivion está la misma dualidad. La mujer clonada por el Tet no quiere saber nada. Podemos entrever, aunque nunca se dijera en la película, que ella intuye que hay algo más, pero ciertamente elige retrocedes y no quiere saber nada de eso. La otra mujer, en cambio, se atreve a algo más, aunque el personaje es, en la película, un poco insulso y su posición decidida no está en el centro de la escena cuando insiste en saber qué fue lo que ocurrió con la misión original.

oblivion
Esa dualidad, mencionada por Freud de pasada en La interpretación de los sueños al referirse a Adam Bede de George Eliot («una muchacha hermosa, pero fatua y enteramente estúpida, y junto a ella una muchacha horrible, pero noble»), está presente en la literatura desde siempre, y quizá la primera vez que ella aparece, como con casi todas las cosas que importan (véase Antígonas de George Steiner), es en la relación entre Antígona e Ismena. Sin embargo, lo que Freud señala teniendo en cuenta el Adam Bede es sólo la superficie de las cosas, es sólo su aspecto más grueso. Es claro que, en esa superficie, se suele equiparar belleza con estupidez y fealdad con nobleza, pero detrás de esa equiparación hay algo mucho más sutil. Y eso más sutil tiene que ver con atreverse a saber o no querer saber nada de ello. Ismena retrocede. Antígona avanza. No importan la belleza o la fealdad -aunque Lacan señalara la importancia de la belleza- importa retroceder o no. Por lo menos ahora, en esta página. “Somos sólo mujeres”, le dice Ismena a Antígona cuando ya no soporta la posibilidad de no retroceder. Antígona podría responderle con las mismas palabras: “somos sólo mujeres”, y luego avanzar hacia donde debe avanzar.
Volvamos por un segundo a la película de von Trier titulada Melancholia. Tiene otra particularidad, porque no sólo se observa en ella la dualidad que mencionamos antes en cuanto al saber sino que ella misma, como película, no retrocede nunca, y el resultado es que esta película se transforma así, quizá (y aventurando un juicio lapidario), en la película más angustiante de la historia del cine. Es una verdadera obra de arte y, quien oyera los comentarios del director de la película y de los actores, sabría que se trata de un caso análogo al Quijote y al Martín Fierro a la literatura. Afortunadamente, la obra sabe ir más allá de las intenciones de sus autores y de las lecturas de sus ejecutores. Eso res, en última instancia, lo que hace arte al arte: el ir más allá de las intenciones de sus autores o ejecutores. Un ir más allá que es furioso. Y el iracundo se queda más acá. Ismena dice “somos sólo mujeres” y se queda más acá. Antígona debería decir lo mismo y avanzar furiosamente.


Sebastián Digirónimo: Elogio de la furia, Letra Viva, Buenos Aires, 2017, página 53.

Desde unos versos de Arturo Capdevila hacia Sierra de la Ventana

En el poema que se titula “Nocturno de los cantos de la noche”, que es parte de El libro del bosque, hay unos versos que son así:

Pensaste que los hombres
amaran las estrellas.
Y el alma de los hombres
no sabe de este amor.
Ya nunca los invites
a dialogar con ellas.
¡Ve solo por las rutas
del infinito en flor!

Entonces, esos versos, y el recuerdo fresco de otras lecturas amistosas (ciertos libros de Hudson y de Cunninghame Graham), me hicieron recordar un momento del último viaje que hice por las tierras de la provincia de Buenos Aires. Hay que leerlos con atención a los versos anteriores para poder imaginar luego con precisión el bello episodio. Hay que leerlos con precisión y, quizá, agregarles otros versos que hay al principio del “Nocturno de las palabras humildes” y que son así:

Por caminos sin nombre
de viaje voy.
¡Ojalá nunca olvide
que tierra soy!

Con precisión y con atención hay que leerlos, o, mejor dicho, con los ojos cerrados, tratando de sentir las palabras (lo que suele llamarse atención conspira justamente para no lograr eso.) Hay que leerlos como poetas.
Leía esos versos y otros, llenándome de poesía, y súbitamente, como un relámpago, recordé el episodio que con descuido había olvidado.
En realidad quizá no lo había olvidado, estaba allí guardado esperando el momento para surgir otra vez y devolverme la felicidad de aquella ocasión. Aunque la felicidad que regresa es un poco rara, porque parece que hubiera perdido algo (otro verso de Capdevila me viene a la mente entonces:

se me escurre el oro que en el tiempo corre.)

Por otra parte, mientras caminaba hacia la biblioteca con la intención de escribir estas líneas, un relámpago verdadero, que iluminó de repente la ventana, pareció reprenderme por haber olvidado algo tan bello.
Ocurrió en el camino hacia Sierra de la ventana. Era todavía de noche y viajábamos más bien solitarios hacia el sur de la provincia. La ruta, como saben quienes la han recorrido, es muy oscura; profunda, silenciosa y poética. La noche se iluminaba solamente por los faros del automóvil. Es que ya no viajamos como se debe, es decir a pie o a caballo. ¡Cuánto más bello habría sido todo si hubiésemos estado viajando a caballo!
Pero no, estábamos viajando en el automóvil, más bien solos, y en el cielo se veían las desaforadas estrellas. Muchísimas había, de ésas que los hombres no aman, pero de ésas mismas a las cuales les cantan los poetas. La negrura de la noche y la soledad de la pampa se unían con las estrellas y le daban a todo el aire maravilloso de la poesía y de los sueños. Como se ve, ya era todo bastante bello, y si el tiempo se hubiese detenido en ese instante, yo no hubiera alzado protesta ni reproche. Sin embargo, faltaba algo.
Y faltaba algo que mejoraría mucho más toda la escena. ¿Cómo imaginar que podía mejorar todo eso?
Viajábamos, decía, en la oscuridad y la soledad, arriba las estrellas del cielo sin luna, quietas en su latir; abajo la pampa negra y la ruta del infinito en flor. De repente, a media altura en el cielo, fugaz y ligera, una luz surcó el aire y quedó por un segundo impresa en nuestras retinas. Era uno de esos fenómenos que los hombres suelen llamar estrellas fugaces. Y aunque no son estrellas, sí que son fugaces. Estrellas fugaces. A veces el pueblo sabe ser poeta. Buen nombre le han dado.
En medio de la oscuridad y la soledad, como si nos señalara el camino hacia el sur, una estrella fugaz hizo más bella una escena que no podía ya mejorar. ¿Cómo pueden algunos (esos hombres que no saben del amor por las estrellas) vivir sin saborear momentos como ese? ¡Qué ilógico ascetismo el que profesan!

Sierra de la Ventana